Año nuevo... vida de siempre.
Como parece que este año se acaba el mundo y, útimamente, ha habido nuevas incorporaciones a este blog (hablo de lectores, porque el individuo que escribe está más vago que nunca) he decidido desempolvar pequeños relatos cortos que mis más antiguos lectores habéis leído en otros sitios, pero no están en este blog.
Los voy a poner como nuevas entradas, para que todo esté ordenadito.
Empezaré por uno de mis favoritos, un cuento infantil. Es el de la Lagartija triste.
(Por motivos de diseño del blog se me ha quedado el último de las entradas de hoy, asi que no es el primero sino el último)
Hay un poco de todo, hasta uno cortito cortito de miedo.
Feliz año a todos y que os gusten.
jueves, 5 de enero de 2012
La luna
Dos niños se encontraban sentado en el parque. Erauna templada noche de verano, en la que los niños tenían permiso para quedarse hasta tarde para ver las estrellas. Compartían su pasión por las estrellas y sobre todo por la luna. Eran Andrea y Miguel, y aquella noche estaban contemplando la luna llena en todo su esplendor. Para ellos la luna era lo más bello que podían ver en el cielo.
Andrea y Miguel se conocieron cuando éste se fue a vivir con sus padres al lado de Andrea. El padre de Miguel era militar y viajaban constinuamente, lo que no le gustaba demasiado a Miguel, que cada cierto tiempo perdía a sus amigos. Su padre le había prometido que este sería el último traslado, y cinco años después seguían en el mismo sitio. Miguel estaba encoantado, tenía muy buenos amigos, y estaba Andrea, con la que compartía muchas aficiones y parecía su alma gemela.
Se encontraban en la edad en la que la amistad entre un chico y una chica ya era algo tan simple.
- Podría tirarme horas viendo la luna - comentó Andrea.
- Es maravillosa - respondió Miguel. Lo mejor es cuando comienza a salir por el horizonte con esos tonos rojizos.
- Me encantaría ir a la luna.
- Yo te la traería para tí - dijo Miguel sonriendo. Es que he visto una peli que a mi padre le encanta. Es en blanco y negro y me parece que se llama "¡Qué bello es vivir!"
Andrea también sonrió, pero en ella la sonrisa era más enigmática. Tenían la misma edad, pero ella era más madura. Iba por delante de él.
De repente, Miguel despertó.
¡Qué curioso! - pensó. La mente funciona de una manera un tanto curiosa. Le había llevado a unos recuerdos de veinte años atrás, precisamente hoy.
era un día muy especial, pero este sueño le había dejado un gusto amargo. Recuerdos olvidados, o mejor dicho, enterrados en la memoria, surgían ahora sin control.
Se vió más joven, en la universidad, acompañado por una joven de aspecto encantador, y mirada perdida en el cielo. Iban cogidos de la mano, y no podían ser más felices. Vivían juntos, estudiaban juntos. En definitiva eran inseparables.
Se dirigió a la ducha, para prepararse para ese día tan especial.
Horas más tarde, la tensión era elevada. Mucha expectación, para el acontecimiento tan importante. Su mente seguía recordando momentos del pasado.
...
Por fin, lo había logrado. Muchos años después, sus sueños se habían cumplido. Era tan real, tan tangible, que asi no podía creerlo. Su mente se liberó completamente. Podía ver a Andrea con su sonrisa radiante. Las lágrimas empañaron su visión.
Se había convertido en el primer español, no, el primer europeo, se corrigió, es pisar la Luna. Su primer recuerdo fue para Andrea. La imagen que veía era la de ocho años atrás. La última sonrisa de Andrea. No pudieron llegar a casarse, el Cáncer se la llevó antes. Desde ese día, todos sus esfuerzos se centraron en su trabajo y en los únicos sueños que le quedaban. Ir al espacio y pisar la Luna. Todos los recuerdos de Andrea los envió a un remoto lugar de su mente.
Hasta hoy.
Su subconsciente reveló los verdaderos deseos de Miguel. El sueño de la noche anterior había roto las barreras que bloqueaban los recuerdos de Andrea.
Cogió el instrumento facilitado por la Agencia Espacial y procedió a extraer un trozo de la superficie lunar.
- Te llevaré un trozo de Luna, como te prometí - musitó con lágrimas en los ojos. Luego desengachó el cable que le unía a la nave.
Andrea y Miguel se conocieron cuando éste se fue a vivir con sus padres al lado de Andrea. El padre de Miguel era militar y viajaban constinuamente, lo que no le gustaba demasiado a Miguel, que cada cierto tiempo perdía a sus amigos. Su padre le había prometido que este sería el último traslado, y cinco años después seguían en el mismo sitio. Miguel estaba encoantado, tenía muy buenos amigos, y estaba Andrea, con la que compartía muchas aficiones y parecía su alma gemela.
Se encontraban en la edad en la que la amistad entre un chico y una chica ya era algo tan simple.
- Podría tirarme horas viendo la luna - comentó Andrea.
- Es maravillosa - respondió Miguel. Lo mejor es cuando comienza a salir por el horizonte con esos tonos rojizos.
- Me encantaría ir a la luna.
- Yo te la traería para tí - dijo Miguel sonriendo. Es que he visto una peli que a mi padre le encanta. Es en blanco y negro y me parece que se llama "¡Qué bello es vivir!"
Andrea también sonrió, pero en ella la sonrisa era más enigmática. Tenían la misma edad, pero ella era más madura. Iba por delante de él.
De repente, Miguel despertó.
¡Qué curioso! - pensó. La mente funciona de una manera un tanto curiosa. Le había llevado a unos recuerdos de veinte años atrás, precisamente hoy.
era un día muy especial, pero este sueño le había dejado un gusto amargo. Recuerdos olvidados, o mejor dicho, enterrados en la memoria, surgían ahora sin control.
Se vió más joven, en la universidad, acompañado por una joven de aspecto encantador, y mirada perdida en el cielo. Iban cogidos de la mano, y no podían ser más felices. Vivían juntos, estudiaban juntos. En definitiva eran inseparables.
Se dirigió a la ducha, para prepararse para ese día tan especial.
Horas más tarde, la tensión era elevada. Mucha expectación, para el acontecimiento tan importante. Su mente seguía recordando momentos del pasado.
...
Por fin, lo había logrado. Muchos años después, sus sueños se habían cumplido. Era tan real, tan tangible, que asi no podía creerlo. Su mente se liberó completamente. Podía ver a Andrea con su sonrisa radiante. Las lágrimas empañaron su visión.
Se había convertido en el primer español, no, el primer europeo, se corrigió, es pisar la Luna. Su primer recuerdo fue para Andrea. La imagen que veía era la de ocho años atrás. La última sonrisa de Andrea. No pudieron llegar a casarse, el Cáncer se la llevó antes. Desde ese día, todos sus esfuerzos se centraron en su trabajo y en los únicos sueños que le quedaban. Ir al espacio y pisar la Luna. Todos los recuerdos de Andrea los envió a un remoto lugar de su mente.
Hasta hoy.
Su subconsciente reveló los verdaderos deseos de Miguel. El sueño de la noche anterior había roto las barreras que bloqueaban los recuerdos de Andrea.
Cogió el instrumento facilitado por la Agencia Espacial y procedió a extraer un trozo de la superficie lunar.
- Te llevaré un trozo de Luna, como te prometí - musitó con lágrimas en los ojos. Luego desengachó el cable que le unía a la nave.
El perro
Ramón volvía a casa, después de una noche movida. Habían estado de botellón en el parque del pueblo, incordiando a todos los que pasaban por allí, tirándoles cosas y persiguiendo a las chicas. Después habían ido a casa de Mario, y habían estado en el garaje dándole a los canutos y persiguiendo a los ratones.
Ahora caminaba por el sendero, despreocupado. Sus amigos le habían dicho que les esperara para que no se fuera solo, pero les respondió que no tenía miedo. ¿Cómo va a tener miedo un chaval de 18 años?
La verdad es que estaba oscuro. La casa de Mario estaba en las afueras, y hasta llegar al pueblo había un trecho. Por lo menos cuando llegara al parque habría luz y caminaría más cómodo.
Al rato vio las sombras familiares del pueblo, pero el parque no estaba iluninado. ¡Qué raro! Había dejado el parque hacía un par de horas y había luz. A lo mejor les habían tirado piedras a las farolas. ¡Que se joda el alcalde y que se gaste la pasta!
No pienso rodear el parque que hace un frío de pelotas. Subió los escalones de entrada y se fue por el camino de arena. Se conocía el parque como la palma de su mano. No en vano pasaba más tiempo allí que en casa.
Al pasar por el seto, oyó un ruido. Se paró mosqueado.
- ¿Hola?
Silencio.
Será una rata, pesó. Siguió caminando, algo más rápido. Otra vez el ruido y ahora se le puso la piel de gallina. No era nada gracioso lo de la luz, sobre todo si había ruidos raros.
-¡No me hace gracia!¡No sabes con quien te estás metiendo! - gritó.
Silencio.
Esperó, intentando escudriñar en la oscuridad, pero sólo se veían las sobras de los setos y arbustos. Al par de minutos, se puso a andar de nuevo, esta vez mirando nerviosamente a los lados. En el fondo estaba asustado. Con sus amigos era muy valiente, pero solo no tanto.
Otra vez el ruido. Parecía como si algo le siguiera.
- ¡Me cago en la puta! ¡Sal si tienes huevos! - grito histéricamente. Ahora estaba aterrorizado, El ruido no podía ser casual.
De repente, algo saltó del seto y se colocó delante suya. el corazón se le iba a salir por la boca. Sólo vio dos lucecitas rojas. Era un perro, un perro grande y negro.
- ¡Puto perro! Vaya susto que me h....
No pudo seguir hablando. Una manaza áspera y callosa le tapó la boca, tiró de su cabeza hacia atrás, y notó algo frío y cortante en la garganta. Se oyó un gorgoteo y Ramón cayó a suelo degollado.....
Ahora caminaba por el sendero, despreocupado. Sus amigos le habían dicho que les esperara para que no se fuera solo, pero les respondió que no tenía miedo. ¿Cómo va a tener miedo un chaval de 18 años?
La verdad es que estaba oscuro. La casa de Mario estaba en las afueras, y hasta llegar al pueblo había un trecho. Por lo menos cuando llegara al parque habría luz y caminaría más cómodo.
Al rato vio las sombras familiares del pueblo, pero el parque no estaba iluninado. ¡Qué raro! Había dejado el parque hacía un par de horas y había luz. A lo mejor les habían tirado piedras a las farolas. ¡Que se joda el alcalde y que se gaste la pasta!
No pienso rodear el parque que hace un frío de pelotas. Subió los escalones de entrada y se fue por el camino de arena. Se conocía el parque como la palma de su mano. No en vano pasaba más tiempo allí que en casa.
Al pasar por el seto, oyó un ruido. Se paró mosqueado.
- ¿Hola?
Silencio.
Será una rata, pesó. Siguió caminando, algo más rápido. Otra vez el ruido y ahora se le puso la piel de gallina. No era nada gracioso lo de la luz, sobre todo si había ruidos raros.
-¡No me hace gracia!¡No sabes con quien te estás metiendo! - gritó.
Silencio.
Esperó, intentando escudriñar en la oscuridad, pero sólo se veían las sobras de los setos y arbustos. Al par de minutos, se puso a andar de nuevo, esta vez mirando nerviosamente a los lados. En el fondo estaba asustado. Con sus amigos era muy valiente, pero solo no tanto.
Otra vez el ruido. Parecía como si algo le siguiera.
- ¡Me cago en la puta! ¡Sal si tienes huevos! - grito histéricamente. Ahora estaba aterrorizado, El ruido no podía ser casual.
De repente, algo saltó del seto y se colocó delante suya. el corazón se le iba a salir por la boca. Sólo vio dos lucecitas rojas. Era un perro, un perro grande y negro.
- ¡Puto perro! Vaya susto que me h....
No pudo seguir hablando. Una manaza áspera y callosa le tapó la boca, tiró de su cabeza hacia atrás, y notó algo frío y cortante en la garganta. Se oyó un gorgoteo y Ramón cayó a suelo degollado.....
Benito y la mar
En el pueblo todos pensaban que estaba loco. A él tampoco es que le importara demasiado. Siempre había sido una persona un poco retraída, que no tenía demasiados amigos. Lo que realmente le gustaba eran los libros y navegar. Viviendo en la costa, se había criado con el olor a mar y la pasión por navegar. Tenía su propio barco, y en cuanto podía, soltaba amarras y navegaba hasta un lugar fuera de la vista de la costa. Echaba el ancla, ponía un par de cañas de pescar con sus cebos en los soportes, y se recostaba en una hamaca a disfrutar del sol y la brisa marina, acompañado de un libro y una copa de vino. Sólo se veía interrumpido por unos chapuzones en el agua o por las esporádicas capturas, que le hacían luchar un rato con los peces que habían picado, para, una vez capturados, echarlos al cubo, donde se quedaban hasta que su estómago protestaba y cocinaba el pez en la pequeña cocina del barco. Así pasaba las horas, hasta que sentía frío. Entonces bajaba al camarote donde se dormía escuchando los programas de la radio. Esta era su rutina, que únicamente cambiaba cuando había temporal y tenía que volver a tierra, donde se sentía como pez fuera del agua. Si estaba mucho tiempo en tierra su carácter se agriaba y pasaba las horas en el bar, en la mesa del rincón, apurando chatos de vino.
En verano se ganaba la vida llevando a turistas de pesca o en pequeños viajes por la costa. Con el dinero que sacaba tiraba durante el año, ayudado por esporádicos trabajos en el campo.
En uno de esos días en el mar, notó una sensación extraña. Un escalofrío recorrió su piel, y no se debía ni al frío, ni al libro que estaba leyendo. Se sentía como observado, lo cual parecía ridículo en mitad del mar. Intetó ignorar la sensación, pero era imposible, así que se levantó decidido a darse un baño, para despejarse. Lo que vió le dejó paralizado en la cubierta. Sobre el agua se encontraba el ser más extraño que había visto jamás. Su mente tardó en reconocer la figura que describían infinidad de libros de mar y crónicas marineras, pero que él nunca había creido. Con una larga melena dorada, unos increíbles ojos color turquesa, que parecían dos trocitos de mar y un rostro que era el más hermoso que jamás había comtemplado, una sirena se dejaba mecer por las olas, ayudada por la cola de pez que formaba la parte inferior de su cuerpo.
- No te asustes -dijo la sirena, con una sonrisa en los labios y con una voz que calentaba el alma.
El miedo desapareció de inmediato. La voz de la sirena le reconfortaba, contrariamente a lo que se podía esperar.
- Eres una sirena -dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.
- Puedes llamarme así, aunque a mí me gusta más Eva.
- Yo me llamo Benito.
- Lo sé -dijo la sirena, sorprendiendo a Benito. Lo sabemos todo de ti. Llevamos mucho tiempo observándote.
- No entiendo.
- Y no tienes que entender. sólo tienes que confiar en mí.
Benito estaba sorprendido de lo fácil que resultaba eso, pese a lo extraño de la situación.
- ¿Qué quieres de mi? -preguntó.
- Hemos visto que tú realmente no encajas en este mundo. Queremos que nos acompañes.
- ¿Acompañarte? ¿A dónde?
En verano se ganaba la vida llevando a turistas de pesca o en pequeños viajes por la costa. Con el dinero que sacaba tiraba durante el año, ayudado por esporádicos trabajos en el campo.
En uno de esos días en el mar, notó una sensación extraña. Un escalofrío recorrió su piel, y no se debía ni al frío, ni al libro que estaba leyendo. Se sentía como observado, lo cual parecía ridículo en mitad del mar. Intetó ignorar la sensación, pero era imposible, así que se levantó decidido a darse un baño, para despejarse. Lo que vió le dejó paralizado en la cubierta. Sobre el agua se encontraba el ser más extraño que había visto jamás. Su mente tardó en reconocer la figura que describían infinidad de libros de mar y crónicas marineras, pero que él nunca había creido. Con una larga melena dorada, unos increíbles ojos color turquesa, que parecían dos trocitos de mar y un rostro que era el más hermoso que jamás había comtemplado, una sirena se dejaba mecer por las olas, ayudada por la cola de pez que formaba la parte inferior de su cuerpo.
- No te asustes -dijo la sirena, con una sonrisa en los labios y con una voz que calentaba el alma.
El miedo desapareció de inmediato. La voz de la sirena le reconfortaba, contrariamente a lo que se podía esperar.
- Eres una sirena -dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.
- Puedes llamarme así, aunque a mí me gusta más Eva.
- Yo me llamo Benito.
- Lo sé -dijo la sirena, sorprendiendo a Benito. Lo sabemos todo de ti. Llevamos mucho tiempo observándote.
- No entiendo.
- Y no tienes que entender. sólo tienes que confiar en mí.
Benito estaba sorprendido de lo fácil que resultaba eso, pese a lo extraño de la situación.
- ¿Qué quieres de mi? -preguntó.
- Hemos visto que tú realmente no encajas en este mundo. Queremos que nos acompañes.
- ¿Acompañarte? ¿A dónde?
El pintor y la modelo
El sol entraba a raudales por la ventana. Era media mañana. Los rayos de sol caían directamente sobre la cama, en la que enredado entre la sábanas, se veía un cuerpo atravesado.
Daniel abrió los ojos, gruñendo por lo molesto del sol, aunque en el fondo estaba agradecido. Le encantaba que el sol le despertara. No dependía de relojes ni horarios. Trabajaba en casa, con lo cual, se podía levantar a la hora que quisiera.
Después de muchos años, la rutina de cada mañana era similar. Daniel se dirigió medio mecánicamente a la cocina, donde, mientras se hacía el cafe en la vieja cafetera, preparaba un zumo de naranja. Luego un par de rebanadas del excelente pan de pueblo, que cada mañana traía Pepe, en su ruta. Unos chorritos de aceite sobre el pan previamente huntado con ajo. En media hora, listo para afrontar el día.
Daniel salió a su estudio. Una habitación anexa a la casa, con grandes ventanales, por donde entraba la luz. Ese era su territorio. Los lienzos y las pinturas estaban por todas partes. Habia distintos atriles donde descansaban varios proyectos de cuadros, todos tapados con sábanas salpicadas de manchas de todos los colores. A sus sesenta años, Daniel llevaba pintando desde que tenía quince, había pintado muchos cuadros. Era su trabajo y no se le daba mal. Le servía para vivir cómodamente.
En un rincón, un cuadro especial. Un cuadro inacabado. De hecho, era un cuadro sin comenzar. Un día, siendo Daniel joven, a la vuelta de comprar material para pintar, se puso a colocar las cosas. El último paquete era el de los lienzos. Cuando los estab colocando, uno de ellos le pareció especial. No tenía nada de diferente, pero al cogerlo, una corriente pasó a través de los dedos de Daniel. Los artistas son personas muy especiales, y en ese momento, Daniel se convenció de que ese lienzo estaba reservado para el cuadro de su vida, su gran obra. Desde ese momento, cada vez que comenzaba una nueva obra, destapaba el lienzo del rincón y ante el vacío del mismo, esperaba a que el lienzo le comunicara que debía plasmar esa obra en él. Hasta el momento, no había sucedido, pero no le preocupaba en absoluto. Ese día, y ese cuadro llegará.
Retiró la sábana de uno de los proyectos y se puso a pintar. Estaba tan concentrado que no oyó los golpes en la puerta. La persona al otro lado de la misma insistió, rompiendo la concentración del pintor. Los que le conocían sabían que no debían molestarle, así que debía ser alguien desconocido. Resignado se dirigió a la puerta y abrió.
- Buenos días. -una mujer estaba plantada en la puerta. Su voz era delicada como el cristal
- Buenos días.
Daniel miró atentamente a la mujer. Había algo inquietante en ella. Cabello negro azabache, piel muy pálida, unos ojos verdes de mirada penetrante. Una mujer peculiar.
- ¿Qué desea?
- He oido que es usted un gran pintor.
- Habladurías de la gente. -La voz de la mujer le producía una sensación extraña.
- Bueno, es que quería un retrato.
- ¿Un retrato? No es mi especialidad.
- Bueno - su sonrisa se hizo más grande-. Siempre se puede hacer un esfuerzo. Es un encargo muy especial. Es para un regalo a una persona que aprecio mucho.
Daniel no podía negarse. Y no es que hubiera declinado encargos, es que aquella mujer la intrigaba. Tenía una sensación peculiar.
- De acuerdo. -dijo Daniel-. Si quiere pasamos a mi casa y hablamos del encargo.
- No hace falta. Vengo el día que tenga libre y empezamos.
- Pero, tendrá alguna idea sobre el retrato.-Daniel estaba cada vez más confuso.
- Usted es el artista -su sonrisa podía con cualquier negativa-. ¿Cuándo empezamos?
- Mañana - se sorprendió Daniel respondiendo.
- Pues hasta mañana. Por cierto, mi nombre es Yolanda.
El resto del día fue una pérdida de tiempo. Daniel perdió toda la concentración. Esa mujer le provocaba sentimientos adversos. Por un lado, le gustaba comenzar un nuevo cuadro, especialmente cuando era un reto para él, no acostumbrado a retratar personajes. Por otro lado, su intuición le avisaba de algo que no podía ver.
Al día siguiente, un coche aparcó en la entrada de la casa. Un coche muy elegante. La mujer descendió del coche. Llevaba un largo abrigo de piel hasta los tobillos, donde se ceñían unas sandalias negras de alto tacón.
Daniel estaba en la cocina, cuando vio el coche por la ventana. Se encaminó hacia el estudio en cuya puerta estaba esperando Yolanda.
- Buenos días.
- Buenos días Daniel. ¿Preparado para empezar?
- Por supuesto -Daniel abrió la puerta-. Pase.
- Creo que debemos tutearnos. Vamos a estar juntos mucho tiempo.
- Bueno, por mi no hay problema. En cuanto al tiempo, dependerá del cuadro.
- No se preocupe. Deseará que el cuadro no se acabe.
- Siempre lo deseo. El entregar un cuadro es lo que menos me gusta. Y en este caso en particular, más aún, ya que cobraré por el tiempo que dedique.
- No se preocupe por el dinero -Yolanda le entregó un cheque el blanco firmado-. Cuando acabe ponga la cifra. No hay problema en la cantidad.
Daniel estaba cada vez más sorprendido y confuso.
- De acuerdo, hoy empezaremos por unos bocetos, para que yo pueda dimensionar el cuadro, y ver qué perfil usamos. Trabajaremos sobre papel y carboncillo. Luego comenzaré a esbozar el lienzo y entonces tendrás que venir para rematar las poses.
- Tú eres el artista. ¿Por dónde empezamos?
- ¿Qué postura deseas?
- Quiero una pose a lo "maja de Goya". La desnuda, por supuesto.
El autocontrol de Daniel estaba al límite. Este encargo era el más extraño y comprometido que jamás había tenido. Aprovechando que se encontraba de espaldas a Yolanda, preparando los cuadernos, tomó fuerzas para disimular su asombro y darse la vuelta.
- No creo que llegue a nivel de don Francisco, pero....
- Conozco tu obra. No me defraudará.
A continuación Yolanda desabotonó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Debajo no llevaba nada.
- ¿Dónde me pongo? -su sonrisa delataba que se lo estaba pasando bien. El alborozo de Daniel era evidente, y Yolanda estaba disfrutando.
Daniel se apresuró a despejar el viejo sofa del estudio, cubriéndolo con una de las sábanas limpias que tenía guardadas en el viejo armario. Con un gesto señaló al sofa. Yolanda se recostó en la estudiada pose de la maja de Goya.
Daniel buscó otra sábana en el armario y la colocó sobre el cuerpo tendido.
- Es mejor la transparencia. -se justificó-. Mucho más estético.
- Usted es el artista.
Estuvieron todo el día realizando bocetos en papel. Al final del día, Daniel estaba agotado. Yolanda estaba fresca como una rosa. Era una modelo perfecta.
- Listo -dijo Daniel.
- Perfecto. - Yolanda se levantó sin preocuparse de ponerse el abrigo y se acercó a la mesa donde estaba el bolso. Le acercó una tarjeta a Daniel.- Llámame cuando tenga que volver. No hay prisa.
Yolanda recogió el abrigo. Daniel le ayudó a ponérselo. Después, abandonó tranquilamente el estudio.
Pese al cansancio, Daniel se puso a admirar los bocetos, pensando en la estructura del cuadro. Su mente vislumbró el acabado. Sin saber cómo, se encontró frente al lienzo del rincón. Lo destapó. El lienzo le habló sin palabras. Una sonrisa apareció en el rostro de Daniel.
- Casi cuarenta años - musitó-. Te ha costado casi cuarenta años.
Tres meses después, Yolanda abandonó el estudio con un paquete envuelto y metido en un carpeta porta-cuadros.
En el interior del estudio Daniel, en el momento en el que el lienzo abandonaba el estudio, cayó fulminado al suelo.
P.D.: Este relato fue fruto de un mini concurso en un foro desaparecido y por inspiración de una de mis canciones favoritas.
"El pintor y la modelo" Danza Invisible
¡Vuélvete!, tu imagen emerge del blanco del lienzo
entre la vida y tú y yo no hay nada,
no sé si mis colores te captarán,
pero hemos de intentarlo, pero hemos de intentarlo,
y mi tela y tu piel en mis dedos se confundirán
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Vuélvete hacia mi!, tu voz me distrae
es mejor el silencio,
en este estudio desnudo no hay nada,
la superficie te ha de atrapar,
tienes que conseguirlo, tienes que conseguirlo,
y mi tela y tu piel en mis dedos se confundirán
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, y tus secretos yo desvelaré
¡Vuélvete! Tu imagen emerge del blanco del lienzo
en este estudio no hay nada,
no sé si mis colores te captarán
pero hemos de intentarlo, pero hemos de intentarlo
pero hemos de intentarlo (una vez más)
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, y tus secretos yo desvelaré
y tus secretos yo desvelaré
desde tus ojos mi pincel te ve,
¡Mírame!
Daniel abrió los ojos, gruñendo por lo molesto del sol, aunque en el fondo estaba agradecido. Le encantaba que el sol le despertara. No dependía de relojes ni horarios. Trabajaba en casa, con lo cual, se podía levantar a la hora que quisiera.
Después de muchos años, la rutina de cada mañana era similar. Daniel se dirigió medio mecánicamente a la cocina, donde, mientras se hacía el cafe en la vieja cafetera, preparaba un zumo de naranja. Luego un par de rebanadas del excelente pan de pueblo, que cada mañana traía Pepe, en su ruta. Unos chorritos de aceite sobre el pan previamente huntado con ajo. En media hora, listo para afrontar el día.
Daniel salió a su estudio. Una habitación anexa a la casa, con grandes ventanales, por donde entraba la luz. Ese era su territorio. Los lienzos y las pinturas estaban por todas partes. Habia distintos atriles donde descansaban varios proyectos de cuadros, todos tapados con sábanas salpicadas de manchas de todos los colores. A sus sesenta años, Daniel llevaba pintando desde que tenía quince, había pintado muchos cuadros. Era su trabajo y no se le daba mal. Le servía para vivir cómodamente.
En un rincón, un cuadro especial. Un cuadro inacabado. De hecho, era un cuadro sin comenzar. Un día, siendo Daniel joven, a la vuelta de comprar material para pintar, se puso a colocar las cosas. El último paquete era el de los lienzos. Cuando los estab colocando, uno de ellos le pareció especial. No tenía nada de diferente, pero al cogerlo, una corriente pasó a través de los dedos de Daniel. Los artistas son personas muy especiales, y en ese momento, Daniel se convenció de que ese lienzo estaba reservado para el cuadro de su vida, su gran obra. Desde ese momento, cada vez que comenzaba una nueva obra, destapaba el lienzo del rincón y ante el vacío del mismo, esperaba a que el lienzo le comunicara que debía plasmar esa obra en él. Hasta el momento, no había sucedido, pero no le preocupaba en absoluto. Ese día, y ese cuadro llegará.
Retiró la sábana de uno de los proyectos y se puso a pintar. Estaba tan concentrado que no oyó los golpes en la puerta. La persona al otro lado de la misma insistió, rompiendo la concentración del pintor. Los que le conocían sabían que no debían molestarle, así que debía ser alguien desconocido. Resignado se dirigió a la puerta y abrió.
- Buenos días. -una mujer estaba plantada en la puerta. Su voz era delicada como el cristal
- Buenos días.
Daniel miró atentamente a la mujer. Había algo inquietante en ella. Cabello negro azabache, piel muy pálida, unos ojos verdes de mirada penetrante. Una mujer peculiar.
- ¿Qué desea?
- He oido que es usted un gran pintor.
- Habladurías de la gente. -La voz de la mujer le producía una sensación extraña.
- Bueno, es que quería un retrato.
- ¿Un retrato? No es mi especialidad.
- Bueno - su sonrisa se hizo más grande-. Siempre se puede hacer un esfuerzo. Es un encargo muy especial. Es para un regalo a una persona que aprecio mucho.
Daniel no podía negarse. Y no es que hubiera declinado encargos, es que aquella mujer la intrigaba. Tenía una sensación peculiar.
- De acuerdo. -dijo Daniel-. Si quiere pasamos a mi casa y hablamos del encargo.
- No hace falta. Vengo el día que tenga libre y empezamos.
- Pero, tendrá alguna idea sobre el retrato.-Daniel estaba cada vez más confuso.
- Usted es el artista -su sonrisa podía con cualquier negativa-. ¿Cuándo empezamos?
- Mañana - se sorprendió Daniel respondiendo.
- Pues hasta mañana. Por cierto, mi nombre es Yolanda.
El resto del día fue una pérdida de tiempo. Daniel perdió toda la concentración. Esa mujer le provocaba sentimientos adversos. Por un lado, le gustaba comenzar un nuevo cuadro, especialmente cuando era un reto para él, no acostumbrado a retratar personajes. Por otro lado, su intuición le avisaba de algo que no podía ver.
Al día siguiente, un coche aparcó en la entrada de la casa. Un coche muy elegante. La mujer descendió del coche. Llevaba un largo abrigo de piel hasta los tobillos, donde se ceñían unas sandalias negras de alto tacón.
Daniel estaba en la cocina, cuando vio el coche por la ventana. Se encaminó hacia el estudio en cuya puerta estaba esperando Yolanda.
- Buenos días.
- Buenos días Daniel. ¿Preparado para empezar?
- Por supuesto -Daniel abrió la puerta-. Pase.
- Creo que debemos tutearnos. Vamos a estar juntos mucho tiempo.
- Bueno, por mi no hay problema. En cuanto al tiempo, dependerá del cuadro.
- No se preocupe. Deseará que el cuadro no se acabe.
- Siempre lo deseo. El entregar un cuadro es lo que menos me gusta. Y en este caso en particular, más aún, ya que cobraré por el tiempo que dedique.
- No se preocupe por el dinero -Yolanda le entregó un cheque el blanco firmado-. Cuando acabe ponga la cifra. No hay problema en la cantidad.
Daniel estaba cada vez más sorprendido y confuso.
- De acuerdo, hoy empezaremos por unos bocetos, para que yo pueda dimensionar el cuadro, y ver qué perfil usamos. Trabajaremos sobre papel y carboncillo. Luego comenzaré a esbozar el lienzo y entonces tendrás que venir para rematar las poses.
- Tú eres el artista. ¿Por dónde empezamos?
- ¿Qué postura deseas?
- Quiero una pose a lo "maja de Goya". La desnuda, por supuesto.
El autocontrol de Daniel estaba al límite. Este encargo era el más extraño y comprometido que jamás había tenido. Aprovechando que se encontraba de espaldas a Yolanda, preparando los cuadernos, tomó fuerzas para disimular su asombro y darse la vuelta.
- No creo que llegue a nivel de don Francisco, pero....
- Conozco tu obra. No me defraudará.
A continuación Yolanda desabotonó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Debajo no llevaba nada.
- ¿Dónde me pongo? -su sonrisa delataba que se lo estaba pasando bien. El alborozo de Daniel era evidente, y Yolanda estaba disfrutando.
Daniel se apresuró a despejar el viejo sofa del estudio, cubriéndolo con una de las sábanas limpias que tenía guardadas en el viejo armario. Con un gesto señaló al sofa. Yolanda se recostó en la estudiada pose de la maja de Goya.
Daniel buscó otra sábana en el armario y la colocó sobre el cuerpo tendido.
- Es mejor la transparencia. -se justificó-. Mucho más estético.
- Usted es el artista.
Estuvieron todo el día realizando bocetos en papel. Al final del día, Daniel estaba agotado. Yolanda estaba fresca como una rosa. Era una modelo perfecta.
- Listo -dijo Daniel.
- Perfecto. - Yolanda se levantó sin preocuparse de ponerse el abrigo y se acercó a la mesa donde estaba el bolso. Le acercó una tarjeta a Daniel.- Llámame cuando tenga que volver. No hay prisa.
Yolanda recogió el abrigo. Daniel le ayudó a ponérselo. Después, abandonó tranquilamente el estudio.
Pese al cansancio, Daniel se puso a admirar los bocetos, pensando en la estructura del cuadro. Su mente vislumbró el acabado. Sin saber cómo, se encontró frente al lienzo del rincón. Lo destapó. El lienzo le habló sin palabras. Una sonrisa apareció en el rostro de Daniel.
- Casi cuarenta años - musitó-. Te ha costado casi cuarenta años.
Tres meses después, Yolanda abandonó el estudio con un paquete envuelto y metido en un carpeta porta-cuadros.
En el interior del estudio Daniel, en el momento en el que el lienzo abandonaba el estudio, cayó fulminado al suelo.
P.D.: Este relato fue fruto de un mini concurso en un foro desaparecido y por inspiración de una de mis canciones favoritas.
"El pintor y la modelo" Danza Invisible
¡Vuélvete!, tu imagen emerge del blanco del lienzo
entre la vida y tú y yo no hay nada,
no sé si mis colores te captarán,
pero hemos de intentarlo, pero hemos de intentarlo,
y mi tela y tu piel en mis dedos se confundirán
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Vuélvete hacia mi!, tu voz me distrae
es mejor el silencio,
en este estudio desnudo no hay nada,
la superficie te ha de atrapar,
tienes que conseguirlo, tienes que conseguirlo,
y mi tela y tu piel en mis dedos se confundirán
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, y tus secretos yo desvelaré
¡Vuélvete! Tu imagen emerge del blanco del lienzo
en este estudio no hay nada,
no sé si mis colores te captarán
pero hemos de intentarlo, pero hemos de intentarlo
pero hemos de intentarlo (una vez más)
¡Mírame!, desde tus ojos mi pincel te ve
¡Mírame!, y tus secretos yo desvelaré
y tus secretos yo desvelaré
desde tus ojos mi pincel te ve,
¡Mírame!
La lagartija triste
Flumy era un bicho. Un bicho verde y con patas. Y con unas líneas amarillas por todo el cuerpo. Flumy era una lagartija.
A Flumy era difícil verla, porque vivía en un pequeño bosque donde había poca luz. Su color verde se confundía con las hojas de los árboles. Eso le gustaba, pero sólo porque evitaba que alguien la viera. A Flumy lo que de verdad le gustaba era estar tumbada al sol encima de una piedra. Pero no podía ser.
Flumy estaba triste. No le gustaba el bosque, pero no sabía salir. Un día, Flumy estaba tranquilamente tumbada al sol, cuando unos niños la cogieron por la cola y la metieron en un caja de cartón con agujeritos. Flumy estaba muy asustada y lloraba. Los niños llevaban la caja saltando. En uno de esos saltos, la tapa de la caja se abrión un poco y Flumy salió corriendo.
Estuvo corriendo por unos caminos negros donde había pintadas unas líneas blancas y por donde pasaban unas cosas con ruedas muy rápidas. De repente vió el bosque y se metió en él, pensando que era un buen lugar para que los niños no le vieran. Cuando pensó que ya no podían verle, se paró. No sabía donde estaba y no sabía salir de allí. Flumy estaba muy cansada y tenía hambre. Se tumbó en las hojas caídas del bosque y se quedó dormida.
Cuando Flumy despertó, no sabía qué hacer. Se puso a caminar. Cuando llevaba un rato caminando llegó a una pequeña charca. Allí encontró agua y algo de comida. Cuando estaba inclinada bebiendo agua de la charca, vió algo extraño al otro lado. Había algo que le estaba mirando.
- ¿Qué estas mirando? -preguntó la cosa.
- Na..nada -contestó asustada Flumy.
- ¿Por qué me miras así? Acaso no has visto nunca un gloku.
- ¿Un qué? -preguntó sorprendida Flumy.
- Un gloku. Veo que eres un ignorante. Un gloku es un ser que vive en los bosques.
Flumy se quedó mirando a aquel ser, que más bien parecía una patata con patas y cara. Nunca había visto algo así, ni había oido hablar de los glokus, pero claro, Flumy era joven.
- Lo siento. No quería molestarle. Es que me he perdido.
- ¿Perdido? ¿En este bosque? -preguntó el gloku. Pues no hay problema. Yo conozco perfectamente el bosque, así que puedo ayudarte a salir.
- Muchas gracias, señor.
- Mi nombre es Difo. -dijo el gloku sonriendo. ¿Y dónde quieres ir?
- Pues...., es que no lo sé.
- ¿Y eso cómo es posible? ¿No sabes a dónde quieres ir?
- Es que me perdí -contesto Flumy sonrojándose. Es que me cogieron unos niños, pero me escapé, y me escondí en este bosque. Pero no sé donde tengo que ir.
- Pues eso es un problema -dijo Difo. Pero tú no te preocupes. Conozco a alguien que nos puede ayudar. Acompáñame.
- Es que no sé si debo ir con extraños.
- Creo que esto es una situación especial. ¡Vamos!
Flumy siguió a Difo por unos caminos ocultos. Le hacía gracia la manera de caminar del gloku. Parecía que se iba a caer en cada paso y, de vez en cuando, daba pequeños saltitos. Poco a poco Flumy fue tomando confianza.
Mientras caminaban, Difo iba explicándole qué eran las cosas por las que pasaban. Cuando llegaron a un hueco en un árbol dijo:
- Ya estamos. Voy a llamarle para que baje.
Difo dio unos golpes en el árbol, y entonces se oyó una voz dentro:
- ¡Ya voy!
- Soy Difo. Baja que nos tienes que ayudar
- ¿Nos? ¿A quienes?
- Es que he traído un amigo.
Por el hueco del árbol apareció un halcón plateado. Flumy se escondió detrás de Difo.
- No te preocupes Flumy. -dijo Difo. Este es Flyer. Es inofensivo.
- Bienvenido al bosque Flumy -dijo Flyer tendiendo el ala hacia Flumy.
- La verdad es que ha llegado aquí porque se ha perdido. -dijo Difo. No sabe salir y no sabe dónde tiene que volver.
- ¡Vaya! -exclamó Flyer. Pues habrá que ayudarle. ¿Recuerdas algo del lugar de donde vienes?
- ¡Claro! -dijo Flumy. Había un río muy grande con grandes rocas donde nos tumbábamos a tomar el sol.
- Pues voy a buscar -dijo Flyer, extendiendo las alas y echando a volar.
Difo y Flumy se quedaron mirando como el halcón partía en busca del gran río.
- Supongo que no habrás comido -dijo Difo.
- La verdad es que no mucho.
- Pues pasemos a casa de Flyer y comamos algo.
- ¿No le importará a Flyer?
- Para nada. Aquí lo compartimos todos.
Cuando ya habían terminado de comer, y mientras tomaban una taza de chocolate caliente, Flyer apareció en el árbol.
- ¡Lo encontré! -exclamó Flyer sonriente. Está un poco lejos, pero lo encontré.
- ¡Estupendo! -dijo Difo. Pues vamos para allá.
- No tan rápido Difo -dijo Flyer. No podemos ir todos. Está muy lejos. Tendré que llevar a Flumy en mis garras.
- ¿En tus garras? -preguntó Flumy asustado.
- No hay otra manera. Además, no te hará daño. Te puedo asegurar que te gustará.
- No te preocupes. -dijo Difo. A mi me llevó una vez y fue muy divertido. No te entretengas más, que tu familia estará preocupada. Y promete volver algún día.
- Lo haré -prometió Flumy. Muchas gracias por todo.
Flyer cogió a Flumy entre sus garras y voló. Voló mucho rato hasta llegar a un río de color azul. Comenzó a planear y a bajar hasta un grupo de piedras en las que se veía una serie de manchitas verdes.
- ¡Esa es mi familia! -gritó Flumy.
- Allá vamos.
Flyer aterrizó entre un grupo de asustadas lagartijas, dejando suavemente a Flumy en el suelo.
- ¡Flumy! -exclamó una lagartija de gran tamaño. ¿Dónde te habías metido?
- Me perdí. Pero unos amigos me han ayudado a volver.
La lagartija miró el halcón, y se acercó lentamente.
- Muchas gracias por traernos de vuelta a Flumy.
- No ha sido nada. Ahora, vigilénlo para que no se vuelva a perder. La próxima vez puede no tener tanta suerte.
Flyer se acercó a Flumy.
- Recuerda, que algún día, cuando seas mayor, debes volver al bosque y visitarnos.
- Prometido.
A Flumy era difícil verla, porque vivía en un pequeño bosque donde había poca luz. Su color verde se confundía con las hojas de los árboles. Eso le gustaba, pero sólo porque evitaba que alguien la viera. A Flumy lo que de verdad le gustaba era estar tumbada al sol encima de una piedra. Pero no podía ser.
Flumy estaba triste. No le gustaba el bosque, pero no sabía salir. Un día, Flumy estaba tranquilamente tumbada al sol, cuando unos niños la cogieron por la cola y la metieron en un caja de cartón con agujeritos. Flumy estaba muy asustada y lloraba. Los niños llevaban la caja saltando. En uno de esos saltos, la tapa de la caja se abrión un poco y Flumy salió corriendo.
Estuvo corriendo por unos caminos negros donde había pintadas unas líneas blancas y por donde pasaban unas cosas con ruedas muy rápidas. De repente vió el bosque y se metió en él, pensando que era un buen lugar para que los niños no le vieran. Cuando pensó que ya no podían verle, se paró. No sabía donde estaba y no sabía salir de allí. Flumy estaba muy cansada y tenía hambre. Se tumbó en las hojas caídas del bosque y se quedó dormida.
Cuando Flumy despertó, no sabía qué hacer. Se puso a caminar. Cuando llevaba un rato caminando llegó a una pequeña charca. Allí encontró agua y algo de comida. Cuando estaba inclinada bebiendo agua de la charca, vió algo extraño al otro lado. Había algo que le estaba mirando.
- ¿Qué estas mirando? -preguntó la cosa.
- Na..nada -contestó asustada Flumy.
- ¿Por qué me miras así? Acaso no has visto nunca un gloku.
- ¿Un qué? -preguntó sorprendida Flumy.
- Un gloku. Veo que eres un ignorante. Un gloku es un ser que vive en los bosques.
Flumy se quedó mirando a aquel ser, que más bien parecía una patata con patas y cara. Nunca había visto algo así, ni había oido hablar de los glokus, pero claro, Flumy era joven.
- Lo siento. No quería molestarle. Es que me he perdido.
- ¿Perdido? ¿En este bosque? -preguntó el gloku. Pues no hay problema. Yo conozco perfectamente el bosque, así que puedo ayudarte a salir.
- Muchas gracias, señor.
- Mi nombre es Difo. -dijo el gloku sonriendo. ¿Y dónde quieres ir?
- Pues...., es que no lo sé.
- ¿Y eso cómo es posible? ¿No sabes a dónde quieres ir?
- Es que me perdí -contesto Flumy sonrojándose. Es que me cogieron unos niños, pero me escapé, y me escondí en este bosque. Pero no sé donde tengo que ir.
- Pues eso es un problema -dijo Difo. Pero tú no te preocupes. Conozco a alguien que nos puede ayudar. Acompáñame.
- Es que no sé si debo ir con extraños.
- Creo que esto es una situación especial. ¡Vamos!
Flumy siguió a Difo por unos caminos ocultos. Le hacía gracia la manera de caminar del gloku. Parecía que se iba a caer en cada paso y, de vez en cuando, daba pequeños saltitos. Poco a poco Flumy fue tomando confianza.
Mientras caminaban, Difo iba explicándole qué eran las cosas por las que pasaban. Cuando llegaron a un hueco en un árbol dijo:
- Ya estamos. Voy a llamarle para que baje.
Difo dio unos golpes en el árbol, y entonces se oyó una voz dentro:
- ¡Ya voy!
- Soy Difo. Baja que nos tienes que ayudar
- ¿Nos? ¿A quienes?
- Es que he traído un amigo.
Por el hueco del árbol apareció un halcón plateado. Flumy se escondió detrás de Difo.
- No te preocupes Flumy. -dijo Difo. Este es Flyer. Es inofensivo.
- Bienvenido al bosque Flumy -dijo Flyer tendiendo el ala hacia Flumy.
- La verdad es que ha llegado aquí porque se ha perdido. -dijo Difo. No sabe salir y no sabe dónde tiene que volver.
- ¡Vaya! -exclamó Flyer. Pues habrá que ayudarle. ¿Recuerdas algo del lugar de donde vienes?
- ¡Claro! -dijo Flumy. Había un río muy grande con grandes rocas donde nos tumbábamos a tomar el sol.
- Pues voy a buscar -dijo Flyer, extendiendo las alas y echando a volar.
Difo y Flumy se quedaron mirando como el halcón partía en busca del gran río.
- Supongo que no habrás comido -dijo Difo.
- La verdad es que no mucho.
- Pues pasemos a casa de Flyer y comamos algo.
- ¿No le importará a Flyer?
- Para nada. Aquí lo compartimos todos.
Cuando ya habían terminado de comer, y mientras tomaban una taza de chocolate caliente, Flyer apareció en el árbol.
- ¡Lo encontré! -exclamó Flyer sonriente. Está un poco lejos, pero lo encontré.
- ¡Estupendo! -dijo Difo. Pues vamos para allá.
- No tan rápido Difo -dijo Flyer. No podemos ir todos. Está muy lejos. Tendré que llevar a Flumy en mis garras.
- ¿En tus garras? -preguntó Flumy asustado.
- No hay otra manera. Además, no te hará daño. Te puedo asegurar que te gustará.
- No te preocupes. -dijo Difo. A mi me llevó una vez y fue muy divertido. No te entretengas más, que tu familia estará preocupada. Y promete volver algún día.
- Lo haré -prometió Flumy. Muchas gracias por todo.
Flyer cogió a Flumy entre sus garras y voló. Voló mucho rato hasta llegar a un río de color azul. Comenzó a planear y a bajar hasta un grupo de piedras en las que se veía una serie de manchitas verdes.
- ¡Esa es mi familia! -gritó Flumy.
- Allá vamos.
Flyer aterrizó entre un grupo de asustadas lagartijas, dejando suavemente a Flumy en el suelo.
- ¡Flumy! -exclamó una lagartija de gran tamaño. ¿Dónde te habías metido?
- Me perdí. Pero unos amigos me han ayudado a volver.
La lagartija miró el halcón, y se acercó lentamente.
- Muchas gracias por traernos de vuelta a Flumy.
- No ha sido nada. Ahora, vigilénlo para que no se vuelva a perder. La próxima vez puede no tener tanta suerte.
Flyer se acercó a Flumy.
- Recuerda, que algún día, cuando seas mayor, debes volver al bosque y visitarnos.
- Prometido.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Cuento de Navidad
El camino estaba cubierto de hojas caídas de los árboles. Serpenteando por la ladera del monte, llevaba a uno de los extremos del pueblo. De allí a la casa, un pequeño paseo.
Laura y Nacho habían salido a media mañana para caminar. Cada uno llevaba su mochila con sus trastos. Nacho con su cámara colgada al cuello iba fotografiando todo lo que le llamaba la atención. Disparaba continuamente; luego ya descartaría las fotos que no sirvieran. Laura, por su parte, llevaba su cuaderno en la mochila. Le gustaba dibujar. Era su afición. Cuando salían juntos a caminar, buscaban un lugar apropiado y ella se sentaba, sacaba su cuaderno y sus lápices y se ponía a plasmar momentos en el papel. Mientras, Nacho iba de un lado a otro buscando paisajes, fotogramas o animales que fotografiar. Aquel día no fue una excepción. El día era frío, pero con sol y aprovecharon un recodo a orillas de un pequeño arroyo para acomodarse sobre unas rocas y comer. Después, cada uno con su afición.
Sobre las cinco de la tarde decidieron regresar. El sol comenzaba a bajar y a estas alturas del año, ya no calentaba. Además, les gustaba regresar en ese momento para poder contemplar el atardecer. Los colores anaranjados del sol terminando su ciclo diario eran un espectáculo digno de observar una y otra vez. Cuando estaban llegando al pueblo, una enorme bola naranja estaba ocultándose contra la silueta de las montañas lejanas y las nubes que había en el cielo eran de color violeta y morado. Hicieron una pausa en la última curva del camino y admiraron como el sol terminaba de desaparecer. Estaban cogidos de la mano. Nacho llevaba la cámara al cuello, pero desistió de intentar hacer alguna foto. Nunca había sido capaz de mostrar la intensidad del momento en una foto. Finalmente, se dirigieron hacia la casa.
Al entrar, Luis asomó la cabeza por la puerta del pequeño cuarto adyacente a la recepción. Tendría unos cincuenta años, mirada amable, vestido con pantalones de pana y un jersey bastante trillado.
- ¿Qué tal la caminata? - preguntó.
- Bien.- respondió Nacho. El tiempo perfecto. Nos hemos acercado al arroyo y hemos estado siguiendo su curso. Luego hemos encontrado un par de rocas sugerentes y nos hemos sentado a pasar la tarde.
- Poca agua llevaría en esta época. ¿Os apetece un chocolatito caliente? He encendido la chimenea en el salón, así que os lo puedo llevar allí.
Luego bajando el tono de voz y acercándose a ellos susurró:
- Tenemos otro visitante. Apareció a mediodía. Un señor mayor, callado. Está sentado leyendo, así que le he encendido la chimenea. Pensaba que Navidad no iba a venir nadie, y no hacéis más que llenarme la casa - concluyó en tono de broma.
Nacho y Laura se miraron. No necesitaron comentar nada.
- No nos importa. Sabes que nosotros molestamos lo mínimo posible - respondió Laura. Respecto al chocolate, la verdad es que no nos vendría mal. Como me suba a la habitación, voy a caer rendida en la cama.
- Pues entonces, pasad y ahora os llevo el chocolate.
Laura y Nacho se encaminaron al salón. Al entrar, el calor y el olor a leña quemada se acentuaron. La sala era muy amplia, con ventanales en tres de los cuatro lados. En la chimenea, situada en el centro de la habitación, a la derecha de la puerta, ardía un fuego acogedor. El visitante se encontraba sentado en un sillón de orejas al lado de uno de los ventanales. Sostenía un libro en las mano, y lo leía a través de unas pequeñas gafas que le caían por el puente de la nariz. Tenía un porte solemne. Pelo abundante y canoso, piel tostada por el sol; ojos azules, acuosos y profundos. La pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Zapatos lustrados, pantalones verdes, camisa blanca abierta con un pañuelo de seda protegiendo el cuello, chaqueta sport verde. Para Laura la imagen era cautivadora. También Nacho se quedó mirando al visitante. Un cuadro perfecto.
Al darse cuenta de su llegada, cerró levemente el libro, giró la cabeza hacia la puerta y los miró por encima de las gafas de leer. Inmediatamente, con un gesto sencillo y habitual, se quitó las gafas, dejó el libro sobre una mesa cercana y se levantó a saludar. Se dirigió con paso ágil hacia ellos y les tendió la mano.
- David de Soto, para servirles.- estrechó levemente la mano de Laura, e inmediatamente la de Nacho.
- Yo soy Laura y el es mi marido, Nacho.
- Encantado. -respondió David. Espero no molestar. Necesitaba alejarme del mundo y me recomendaron esta casa. No sabía que había otras personas. - lo dijo casi disculpándose por estar allí.
- No se preocupe. -respondió Laura. Ya hemos estado aquí muchas veces, y siempre hay alguien. El sitio es precioso y la casa muy tranquila. Luis nos trata siempre bien. Por eso repetimos. Aunque es nuestra primera Navidad aquí. Siempre venimos en primavera o verano. Pero este año necesitábamos un lugar así. -una leve nota de tristeza se coló al final de la frase.
- Siéntense por favor.
- Claro. -respondió Nacho. Pero no nos llame de usted, que es demasiado formal.
- Como queráis entonces, pero a cambio, debéis tutearme también. Si no, me siento más viejo de lo que soy. - la sonrisa siempre estaba en sus labios.
- Los que no queremos molestar somos nosotros. - dijo Laura. Parecía que estabas muy concentrado en la lectura. Sigue leyendo, por favor.
- Claro, así os dejo a vosotros tranquilos también.
- ¿Qué estás leyendo? -preguntó Nacho, siempre curioso.
- Sherish. Un libro nuevo de un escritor poco conocido. Interesante. Me gusta leer cosas poco conocidas. De momento, me gusta.
- No lo conocemos. Te dejamos continuar con tu lectura.
Dicho esto, se sentaron en el sofá que estaba en el lado opuesto al sillón donde leía David. Al instante, como si estuviera esperando a que terminaran de hablar, Luis entró con una bandeja. Tres humeantes tazas acompañaban a dos platos, donde descansaba un esponjoso bizcocho.
- Aquí tenéis. Me he permitido la licencia de traer un poco de mi bizcocho para acompañar. Y también le he traído uno a usted, David. - dijo depositando una taza y un plato en la mesa al lado del sillón.
- Muy amable. Buen provecho. -dijo, levantando la copa en dirección a Laura y Nacho.
Nacho sacó su cámara y se puso a revisar las fotos del día. Al final, se levantó y fue a la habitación para bajar el portátil y poder trabajar mejor.
Mientras Laura sacó su cuaderno de dibujo y repasó los bocetos del día. Una y otra vez su mirada se dirigía al sillón donde estaba David leyendo. Le cautivaba la estampa. Al fondo, la sierra de Guadalupe se intuía ya que la luz del día iba desapareciendo. En el cristal, el reflejo de David, sereno y concentrado. De fondo, silencio y el chisporrotear del fuego, hipnótico. Sin poder contenerse, sacó un lápiz y se puso a dibujar a David. Normalmente, pintaba paisajes y escenas, pero pocas veces personas. No se le daba bien. Esa tarde, sin embargo, los trazos salían solos.
Cuando Nacho volvió con el portátil encendido en las manos, vio a Laura con el ceño fruncido y la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios, dibujando sobre el cuaderno. Echó de menos su cámara para poder inmortalizar el momento. Lo que más le gustaba eran las fotos "robadas", es decir, las hechas sin que las personas sepan que se las hacen y posen. ¡Una lástima que estuviera sobre la mesa!
Se sentó suavemente a su lado para no molestar y miró por encima del hombro. Enarcó las cejas; el dibujo era muy bueno. De los mejores que había visto hacer a Laura. Por ello, la dejó seguir y se dedicó a pasar las fotos al ordenador para seleccionar las buenas y eliminar el resto. Era su tarea rutinaria tras sus salidas al campo.
Un rato después, Luis entró de nuevo en el salón a comprobar la chimenea. Echó un par de troncos al fuego y se volvió hacia el sofá. Laura estaba dormida con el cuaderno caído sobre las piernas. Nacho estaba concentrado en el portátil.
- Nacho. -le llamó suavemente. ¿Sobre qué hora vais a cenar? Yo os lo dejo preparado, y me voy a pasar la Nochebuena con la familia. Os quedáis solos, pero no os prepocupéis que lo dejo todo listo. La mesa puesta, la cámara frigorífica con bebida y la comida lista para que os la toméis. Si queréis calentar algo, vais a la cocina.
- Sin problema. Luego te confirmo la hora.
Cuando Luis se marchó, Nacho despertó suavemente a Laura.
- ¿A qué hora quieres cenar? Me lo ha preguntado Luis, que se quiere marchar con la familia.
- Sobre las diez estará bien, pero que no se preocupe, que ya nos apañamos solos.
Al levantarse, el cuaderno cayó al suelo. El dibujo de David estaba terminado.
- ¡Es fantástico! -exclamó Nacho. Tiene un aire solemne y melancólico a la vez.
- No sé cómo lo he hecho. Me vino la inspiración y lo plasmé. - dirigió su mirada a David. Espero que no le moleste que le haya pintado. Me da un poco de reparo. Es como si le hubiera robado un pedacito de alma.
- No creo que le importe. - respondió Nacho. Claro que también se lo puedes preguntar.
- No sé, me da vergüenza.
- Tiene pinta de buena persona, no tengas miedo.
- Vale, pero vente conmigo.
Se dirigieron los dos hacia donde estaba David leyendo.
- Perdona que te molestemos -dijo Laura.
- No os preocupéis -respondió David.
- Espero que no te importe, pero cuando estabas leyendo, no he podido evitar esbozarte en mi cuaderno. - Ante la mirada de sorpresa de David, Laura explicó: Es mi afición. Me gusta pintar a lápiz lo que veo. Son dibujos en blanco y negro; fundamentalmente paisajes y animalillos. Las personas no se me dan bien. Pero hoy ha sido la excepción. Me ha parecido que estaba robando tu intimidad y por eso hemos venido.
- ¿Me lo enseñas? - preguntó tendiendo la mano hacia el cuaderno.
Laura se lo entregó, abierto por la hoja donde estaba su dibujo. Una chispa apareció en los ojos de David. Los ojos azules iban del cuaderno a Laura. Finalmente se lo devolvió.
- Por supuesto que no me importa. Es precioso. Creo que es lo más bonito en lo que he participado en mucho tiempo. -dijo, haciendo que Laura se sonrojara. ¡Cómo me alegra ver que a mi edad soy capaz de sonrojar a una mujer joven y guapa! - se le escapó una carcajada sincera.
Nacho le acompañó en la carcajada, mientras Laura no sabía a dónde mirar ni qué hacer con las manos.
- No te preocupes - la consoló poniéndole la mano sobre el hombro. Las personas mayores hemos perdido la vergüenza y tenemos libertad para decir inconveniencias sin pudor. Realmente es precioso. Me ha encantado.
- Se lo regalo -dijo Laura espontáneamente.
Nacho la miró sorprendido. Laura era muy suya con sus dibujos. Sólo los enseñaba a los íntimos y nunca los regalaba.
- No puedo aceptarlo -respondió David, interpretando la mirada de Nacho. ¡Quédatelo!
- En serio, te lo regalo. Quizás se lo mejor que he dibujado nunca, y probablemente no lo repita, pero siento que no me pertenece. No estaría cómoda con él.
Finalmente, David lo cogió cuidadosamente.
- Gracias. Lo guardaré con cariño.
- De nada.
- En fin -interrumpió Nacho. Creo que es hora de subir a darnos un baño y prepararnos para cenar.
- ¿Dónde vas a cenar, David? - preguntó Laura.
- Bajaré al pueblo antes de que cierre el bar y tomaré algo.
Laura y Nacho se miraron. No necesitaron mucho más.
- ¡No podemos permitirlo! ¡Es Nochebuena! Cena con nosotros. Vamos a estar los tres solos en la casa y seguro que Luis ha preparado comida de sobra.
- Pero querréis estar solos...
- No necesariamente -respondió Nacho. Podemos decir que hemos venido huyendo de los conocidos y buscando tranquilidad. Pero no significa que no queramos compartir la cena contigo.
- Después de robarte un trozo de alma, es lo menos que podemos hacer por ti. -dijo Laura.
- Creo que no dejáis opción. -contestó resignado, aunque su expresión denotaba cierta alegría. ¿A qué hora?
- A las diez está bien - respondió Laura.
- Claro que yo estaré a las nueve y media, mientras Laura termina de arreglarse -comentó esquivando el codazo de Laura.
- ¿No tendré que vestir de etiqueta? - preguntó asustado David. No vengo preparado para fiestas.
- No es necesario. Nosotros nos arreglaremos un poco, pero por tradición.
- Entonces será mejor que suba a prepararme. Nos vemos luego.
Como había anticipado Nacho, mientras Laura terminaba de prepararse para la cena, él bajó al comedor de la casa. Luis había dejado una mesa preparada. Fue a la barra a servirse una cerveza y a continuación, preparó un sitio más en la cena. Estaba en ello cuando David apareció por la puerta. Vestía pantalón negro y camisa blanca, esta vez sin pañuelo ni chaqueta. Todo perfectamente planchado. Nacho se miró y confirmó que el no iba ni la mitad de elegante.
- ¿Qué tal? - preguntó Nacho.
- Bien. Supongo que Laura está terminando de arreglarse.
- Correcto. Con un poco de suerte, no tendremos que esperar más de un par de horas. -dijo con ironía.
- Entonces habrá que hacer más amena la espera. ¿Qué bebes?
- Cerveza. ¿Quieres una?
- De acuerdo.
- Mientras te la pongo, echa un vistazo a los vinos. Me ha dicho Luis que bebamos el que queramos, pero que nos recomienda los de la primera balda.
- Voy a ver.
Cuando Laura entró en el comedor, Nacho y David conversaban amenamente. Al verla, los dos se pusieron en pie y la invitaron a sentarse. Vestía un sencillo vestido negro, que se ajustaba perfectamente a su figura. Un collar de perlas y unos pendientes a juego eran sus únicos adornos. El pelo, estaba recogido en un moño alto.
- Buenas noches. -saludo David. Veo que ha merecido la pena esperar. Nacho es un hombre afortunado.
- Gracias. -replicaron los dos casi a la vez.
- Siéntate, por favor. Estábamos charlando un poco.
La noche transcurrió de manera amena. Tres historias tristes se entrelazaron durante la velada.
Nacho era ingeniero. Huérfano desde corta edad, estuvo viviendo con unos tíos lejanos hasta que consiguió independizarse trabajando de camarero en un bar. A base de trabajo, becas y esfuerzo logró sacarse la carrera. Cuando empezó a trabajar, conoció a Laura y unos meses después salían juntos.
Laura era informática. Estuvo viviendo con sus padres hasta que decidió irse a vivir con Nacho. Les costó bastante el cambio, ya que no andaban sobrados de dinero y contaban con poca ayuda familiar. Por la parte de Nacho, había poca familia, y por la de Laura, no estaban de acuerdo con que se fueran a vivir juntos y no les ayudaron.
Aprendieron a sobrevivir con poco dinero y con problemas para llegar a fin de mes, pero al final, salieron para adelante. Se casaron en la intimidad, rodeados de amigos y parecía que la vida les sonreía hasta que este mismo año, murió el padre de Laura. Estaban esperando un hijo, pero lo perdieron. Tuvo una fuerte pelea con su madre a raíz de la muerte de su padre. Su madre le recriminó que les hubiera abandonado y que se desentendiera de su familia. El disgusto, probablemente, provocó el aborto.
Esto hizo que decidieran evadirse de su mundo unos días y se decidieron por la casa de Luis, que conocían de vacaciones anteriores. Habían llegado a entablar una cierta amistad con él, y les permitía ciertas libertades, como la de pasar la Nochebuena allí, solos.
Cuando llegó el turno de David, éste dudó. Su vida había sido radicalmente distinta en algunos aspectos y muy parecida en otros. Él era un hombre de negocios de éxito. Heredó todos los negocios familiares y su astucia e inteligencia hicieron el resto. No tenía estudios universitarios, pero había vivido el negocio desde joven y sabía lo que tenía que hacer. Sus negocios tuvieron enorme éxito. Lamentablemente, en su vida personal, el fracaso era total. Casado con una mujer, a la que no reconocía tras los primeros años de matrimonio, y con tres hijos que no le tenían ningún afecto. Su madre les había criado impersonales y fríos. Sólo les interesaba el lujo y la buena vida, cosas que habían aprendido de la madre. Llegaron al extremo de tratarse sólamente por medio de abogados. Los desencuentros habían llegado a tal extremo que David decidió dejar los negocios y ceder el control a la propia empresa, manteniendo él el control de las cuentas y dejando a la mujer y los hijos sin poder ni control. Éstos no lo dudaron y habían entablado acciones legales contra él. Ahora mismo estaban inmersos en un juicio sucio y descarnado, que no iba a terminar bien para ninguno. Dada la situación, David decidió irse a un lugar remoto, y le recomendaron la casa de Luis.
- Pero eso no importa ahora -dijo David. Estamos aquí disfrutando de una maravillosa velada. Prefiero estar con vosotros que con otras personas. Hoy os he conocido y vuestra manera de actuar me ha gustado. Hacía mucho tiempo que nadie me trataba de esa manera y me regalaba algo sin pedir nada a cambio.
- No hemos hecho nada. Sólo te hemos ofrecido algo de compañía.
- Pensaba que no quería compañía, pero me había equivocado. Lo que necesitaba era la compañía correcta.
- Bueno -dijo Laura. Vamos a recoger esto un poco.
- Eso, así podemos bailar y tomarnos una copita -comentó Nacho.
- Manos a la obra.
Una vez recogidas las cosas, se pasaron al salón donde avivaron el fuego, pusieron algo de música y Laura fue turnándose para bailar con ambos. Al final, se dejaron caer en el sofá y comentaron la velada un rato. Finalmente, decidieron irse a dormir, ya que había sido un día intenso.
- Ha sido un verdadero placer -dijo David. No esperaba esto. Me lo he pasado realmente bien. Os estoy muy agradecido.
Se despidieron con un beso y cada uno se fue a su cuarto. Cuando Nacho y Laura estaban ya en la cama, compartieron opiniones.
- Una persona curiosa - dijo Nacho.
- Yo diría encantador. No creo haber conocido a nadie así nunca. Ha sido una verdadera suerte. Nosotros nos quejamos de que no tenemos dinero pero, en el fondo, somos felices con lo que tenemos. Hemos comprobado que el dinero no lo es todo, y que no siempre lleva aparejada la felicidad.
- Cierto -afirmó Nacho en tono somnoliento.
- Creo que es hora de dormir. Ha sido un día intenso. - Laura le dio un beso a Nacho y se quedaron dormidos.
Al día siguiente bajaron a desayunar esperando encontrar a David. Pero el que estaba era Luis.
- Buenos días, pareja. No busquéis a David. Se levanto temprano y se marcho. - al ver la cara de decepción de ambos, añadió: Pero ha dejado esto para vosotros.
Les tendió un sobre cerrado, con el nombre de ambos escrito a mano en el frontal.
Queridos amigos:
Permitidme que os llame amigos, a pesar de conoceros sólo de unas horas.
Me hubiera encantado despedirme de vosotros como es debido, pero he pensado que era mejor de esta manera.
Parafraseando a Dickens, soy el fantasma de las Navidades futuras. En el sobre encontraréis dos cosas.
Una es mi tarjeta personal con mi número privado y mi dirección. No dudéis en contactar conmigo y en venir a visitarme cuando nazca vuestro hijo. No os sorprendáis. Estoy seguro de que en algún momento no muy lejano seréis padres. Es necesaria gente como vosotros en esta vida.
La otra es mi regalo de Navidad. Consideradlo una compensación por el dibujo y por la velada de ayer. Es la única manera que sé de hacer las cosas y espero que, esta vez, tenga un final feliz.
FELIZ NAVIDAD.
Laura y Nacho se miraron sorprendidos. Miraron dentro del sobre, y efectivamente había una tarjeta y otro sobre más pequeño. Al abrirlo, encontraron un cheque por dos millones de euros.
Laura y Nacho habían salido a media mañana para caminar. Cada uno llevaba su mochila con sus trastos. Nacho con su cámara colgada al cuello iba fotografiando todo lo que le llamaba la atención. Disparaba continuamente; luego ya descartaría las fotos que no sirvieran. Laura, por su parte, llevaba su cuaderno en la mochila. Le gustaba dibujar. Era su afición. Cuando salían juntos a caminar, buscaban un lugar apropiado y ella se sentaba, sacaba su cuaderno y sus lápices y se ponía a plasmar momentos en el papel. Mientras, Nacho iba de un lado a otro buscando paisajes, fotogramas o animales que fotografiar. Aquel día no fue una excepción. El día era frío, pero con sol y aprovecharon un recodo a orillas de un pequeño arroyo para acomodarse sobre unas rocas y comer. Después, cada uno con su afición.
Sobre las cinco de la tarde decidieron regresar. El sol comenzaba a bajar y a estas alturas del año, ya no calentaba. Además, les gustaba regresar en ese momento para poder contemplar el atardecer. Los colores anaranjados del sol terminando su ciclo diario eran un espectáculo digno de observar una y otra vez. Cuando estaban llegando al pueblo, una enorme bola naranja estaba ocultándose contra la silueta de las montañas lejanas y las nubes que había en el cielo eran de color violeta y morado. Hicieron una pausa en la última curva del camino y admiraron como el sol terminaba de desaparecer. Estaban cogidos de la mano. Nacho llevaba la cámara al cuello, pero desistió de intentar hacer alguna foto. Nunca había sido capaz de mostrar la intensidad del momento en una foto. Finalmente, se dirigieron hacia la casa.
Al entrar, Luis asomó la cabeza por la puerta del pequeño cuarto adyacente a la recepción. Tendría unos cincuenta años, mirada amable, vestido con pantalones de pana y un jersey bastante trillado.
- ¿Qué tal la caminata? - preguntó.
- Bien.- respondió Nacho. El tiempo perfecto. Nos hemos acercado al arroyo y hemos estado siguiendo su curso. Luego hemos encontrado un par de rocas sugerentes y nos hemos sentado a pasar la tarde.
- Poca agua llevaría en esta época. ¿Os apetece un chocolatito caliente? He encendido la chimenea en el salón, así que os lo puedo llevar allí.
Luego bajando el tono de voz y acercándose a ellos susurró:
- Tenemos otro visitante. Apareció a mediodía. Un señor mayor, callado. Está sentado leyendo, así que le he encendido la chimenea. Pensaba que Navidad no iba a venir nadie, y no hacéis más que llenarme la casa - concluyó en tono de broma.
Nacho y Laura se miraron. No necesitaron comentar nada.
- No nos importa. Sabes que nosotros molestamos lo mínimo posible - respondió Laura. Respecto al chocolate, la verdad es que no nos vendría mal. Como me suba a la habitación, voy a caer rendida en la cama.
- Pues entonces, pasad y ahora os llevo el chocolate.
Laura y Nacho se encaminaron al salón. Al entrar, el calor y el olor a leña quemada se acentuaron. La sala era muy amplia, con ventanales en tres de los cuatro lados. En la chimenea, situada en el centro de la habitación, a la derecha de la puerta, ardía un fuego acogedor. El visitante se encontraba sentado en un sillón de orejas al lado de uno de los ventanales. Sostenía un libro en las mano, y lo leía a través de unas pequeñas gafas que le caían por el puente de la nariz. Tenía un porte solemne. Pelo abundante y canoso, piel tostada por el sol; ojos azules, acuosos y profundos. La pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Zapatos lustrados, pantalones verdes, camisa blanca abierta con un pañuelo de seda protegiendo el cuello, chaqueta sport verde. Para Laura la imagen era cautivadora. También Nacho se quedó mirando al visitante. Un cuadro perfecto.
Al darse cuenta de su llegada, cerró levemente el libro, giró la cabeza hacia la puerta y los miró por encima de las gafas de leer. Inmediatamente, con un gesto sencillo y habitual, se quitó las gafas, dejó el libro sobre una mesa cercana y se levantó a saludar. Se dirigió con paso ágil hacia ellos y les tendió la mano.
- David de Soto, para servirles.- estrechó levemente la mano de Laura, e inmediatamente la de Nacho.
- Yo soy Laura y el es mi marido, Nacho.
- Encantado. -respondió David. Espero no molestar. Necesitaba alejarme del mundo y me recomendaron esta casa. No sabía que había otras personas. - lo dijo casi disculpándose por estar allí.
- No se preocupe. -respondió Laura. Ya hemos estado aquí muchas veces, y siempre hay alguien. El sitio es precioso y la casa muy tranquila. Luis nos trata siempre bien. Por eso repetimos. Aunque es nuestra primera Navidad aquí. Siempre venimos en primavera o verano. Pero este año necesitábamos un lugar así. -una leve nota de tristeza se coló al final de la frase.
- Siéntense por favor.
- Claro. -respondió Nacho. Pero no nos llame de usted, que es demasiado formal.
- Como queráis entonces, pero a cambio, debéis tutearme también. Si no, me siento más viejo de lo que soy. - la sonrisa siempre estaba en sus labios.
- Los que no queremos molestar somos nosotros. - dijo Laura. Parecía que estabas muy concentrado en la lectura. Sigue leyendo, por favor.
- Claro, así os dejo a vosotros tranquilos también.
- ¿Qué estás leyendo? -preguntó Nacho, siempre curioso.
- Sherish. Un libro nuevo de un escritor poco conocido. Interesante. Me gusta leer cosas poco conocidas. De momento, me gusta.
- No lo conocemos. Te dejamos continuar con tu lectura.
Dicho esto, se sentaron en el sofá que estaba en el lado opuesto al sillón donde leía David. Al instante, como si estuviera esperando a que terminaran de hablar, Luis entró con una bandeja. Tres humeantes tazas acompañaban a dos platos, donde descansaba un esponjoso bizcocho.
- Aquí tenéis. Me he permitido la licencia de traer un poco de mi bizcocho para acompañar. Y también le he traído uno a usted, David. - dijo depositando una taza y un plato en la mesa al lado del sillón.
- Muy amable. Buen provecho. -dijo, levantando la copa en dirección a Laura y Nacho.
Nacho sacó su cámara y se puso a revisar las fotos del día. Al final, se levantó y fue a la habitación para bajar el portátil y poder trabajar mejor.
Mientras Laura sacó su cuaderno de dibujo y repasó los bocetos del día. Una y otra vez su mirada se dirigía al sillón donde estaba David leyendo. Le cautivaba la estampa. Al fondo, la sierra de Guadalupe se intuía ya que la luz del día iba desapareciendo. En el cristal, el reflejo de David, sereno y concentrado. De fondo, silencio y el chisporrotear del fuego, hipnótico. Sin poder contenerse, sacó un lápiz y se puso a dibujar a David. Normalmente, pintaba paisajes y escenas, pero pocas veces personas. No se le daba bien. Esa tarde, sin embargo, los trazos salían solos.
Cuando Nacho volvió con el portátil encendido en las manos, vio a Laura con el ceño fruncido y la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios, dibujando sobre el cuaderno. Echó de menos su cámara para poder inmortalizar el momento. Lo que más le gustaba eran las fotos "robadas", es decir, las hechas sin que las personas sepan que se las hacen y posen. ¡Una lástima que estuviera sobre la mesa!
Se sentó suavemente a su lado para no molestar y miró por encima del hombro. Enarcó las cejas; el dibujo era muy bueno. De los mejores que había visto hacer a Laura. Por ello, la dejó seguir y se dedicó a pasar las fotos al ordenador para seleccionar las buenas y eliminar el resto. Era su tarea rutinaria tras sus salidas al campo.
Un rato después, Luis entró de nuevo en el salón a comprobar la chimenea. Echó un par de troncos al fuego y se volvió hacia el sofá. Laura estaba dormida con el cuaderno caído sobre las piernas. Nacho estaba concentrado en el portátil.
- Nacho. -le llamó suavemente. ¿Sobre qué hora vais a cenar? Yo os lo dejo preparado, y me voy a pasar la Nochebuena con la familia. Os quedáis solos, pero no os prepocupéis que lo dejo todo listo. La mesa puesta, la cámara frigorífica con bebida y la comida lista para que os la toméis. Si queréis calentar algo, vais a la cocina.
- Sin problema. Luego te confirmo la hora.
Cuando Luis se marchó, Nacho despertó suavemente a Laura.
- ¿A qué hora quieres cenar? Me lo ha preguntado Luis, que se quiere marchar con la familia.
- Sobre las diez estará bien, pero que no se preocupe, que ya nos apañamos solos.
Al levantarse, el cuaderno cayó al suelo. El dibujo de David estaba terminado.
- ¡Es fantástico! -exclamó Nacho. Tiene un aire solemne y melancólico a la vez.
- No sé cómo lo he hecho. Me vino la inspiración y lo plasmé. - dirigió su mirada a David. Espero que no le moleste que le haya pintado. Me da un poco de reparo. Es como si le hubiera robado un pedacito de alma.
- No creo que le importe. - respondió Nacho. Claro que también se lo puedes preguntar.
- No sé, me da vergüenza.
- Tiene pinta de buena persona, no tengas miedo.
- Vale, pero vente conmigo.
Se dirigieron los dos hacia donde estaba David leyendo.
- Perdona que te molestemos -dijo Laura.
- No os preocupéis -respondió David.
- Espero que no te importe, pero cuando estabas leyendo, no he podido evitar esbozarte en mi cuaderno. - Ante la mirada de sorpresa de David, Laura explicó: Es mi afición. Me gusta pintar a lápiz lo que veo. Son dibujos en blanco y negro; fundamentalmente paisajes y animalillos. Las personas no se me dan bien. Pero hoy ha sido la excepción. Me ha parecido que estaba robando tu intimidad y por eso hemos venido.
- ¿Me lo enseñas? - preguntó tendiendo la mano hacia el cuaderno.
Laura se lo entregó, abierto por la hoja donde estaba su dibujo. Una chispa apareció en los ojos de David. Los ojos azules iban del cuaderno a Laura. Finalmente se lo devolvió.
- Por supuesto que no me importa. Es precioso. Creo que es lo más bonito en lo que he participado en mucho tiempo. -dijo, haciendo que Laura se sonrojara. ¡Cómo me alegra ver que a mi edad soy capaz de sonrojar a una mujer joven y guapa! - se le escapó una carcajada sincera.
Nacho le acompañó en la carcajada, mientras Laura no sabía a dónde mirar ni qué hacer con las manos.
- No te preocupes - la consoló poniéndole la mano sobre el hombro. Las personas mayores hemos perdido la vergüenza y tenemos libertad para decir inconveniencias sin pudor. Realmente es precioso. Me ha encantado.
- Se lo regalo -dijo Laura espontáneamente.
Nacho la miró sorprendido. Laura era muy suya con sus dibujos. Sólo los enseñaba a los íntimos y nunca los regalaba.
- No puedo aceptarlo -respondió David, interpretando la mirada de Nacho. ¡Quédatelo!
- En serio, te lo regalo. Quizás se lo mejor que he dibujado nunca, y probablemente no lo repita, pero siento que no me pertenece. No estaría cómoda con él.
Finalmente, David lo cogió cuidadosamente.
- Gracias. Lo guardaré con cariño.
- De nada.
- En fin -interrumpió Nacho. Creo que es hora de subir a darnos un baño y prepararnos para cenar.
- ¿Dónde vas a cenar, David? - preguntó Laura.
- Bajaré al pueblo antes de que cierre el bar y tomaré algo.
Laura y Nacho se miraron. No necesitaron mucho más.
- ¡No podemos permitirlo! ¡Es Nochebuena! Cena con nosotros. Vamos a estar los tres solos en la casa y seguro que Luis ha preparado comida de sobra.
- Pero querréis estar solos...
- No necesariamente -respondió Nacho. Podemos decir que hemos venido huyendo de los conocidos y buscando tranquilidad. Pero no significa que no queramos compartir la cena contigo.
- Después de robarte un trozo de alma, es lo menos que podemos hacer por ti. -dijo Laura.
- Creo que no dejáis opción. -contestó resignado, aunque su expresión denotaba cierta alegría. ¿A qué hora?
- A las diez está bien - respondió Laura.
- Claro que yo estaré a las nueve y media, mientras Laura termina de arreglarse -comentó esquivando el codazo de Laura.
- ¿No tendré que vestir de etiqueta? - preguntó asustado David. No vengo preparado para fiestas.
- No es necesario. Nosotros nos arreglaremos un poco, pero por tradición.
- Entonces será mejor que suba a prepararme. Nos vemos luego.
Como había anticipado Nacho, mientras Laura terminaba de prepararse para la cena, él bajó al comedor de la casa. Luis había dejado una mesa preparada. Fue a la barra a servirse una cerveza y a continuación, preparó un sitio más en la cena. Estaba en ello cuando David apareció por la puerta. Vestía pantalón negro y camisa blanca, esta vez sin pañuelo ni chaqueta. Todo perfectamente planchado. Nacho se miró y confirmó que el no iba ni la mitad de elegante.
- ¿Qué tal? - preguntó Nacho.
- Bien. Supongo que Laura está terminando de arreglarse.
- Correcto. Con un poco de suerte, no tendremos que esperar más de un par de horas. -dijo con ironía.
- Entonces habrá que hacer más amena la espera. ¿Qué bebes?
- Cerveza. ¿Quieres una?
- De acuerdo.
- Mientras te la pongo, echa un vistazo a los vinos. Me ha dicho Luis que bebamos el que queramos, pero que nos recomienda los de la primera balda.
- Voy a ver.
Cuando Laura entró en el comedor, Nacho y David conversaban amenamente. Al verla, los dos se pusieron en pie y la invitaron a sentarse. Vestía un sencillo vestido negro, que se ajustaba perfectamente a su figura. Un collar de perlas y unos pendientes a juego eran sus únicos adornos. El pelo, estaba recogido en un moño alto.
- Buenas noches. -saludo David. Veo que ha merecido la pena esperar. Nacho es un hombre afortunado.
- Gracias. -replicaron los dos casi a la vez.
- Siéntate, por favor. Estábamos charlando un poco.
La noche transcurrió de manera amena. Tres historias tristes se entrelazaron durante la velada.
Nacho era ingeniero. Huérfano desde corta edad, estuvo viviendo con unos tíos lejanos hasta que consiguió independizarse trabajando de camarero en un bar. A base de trabajo, becas y esfuerzo logró sacarse la carrera. Cuando empezó a trabajar, conoció a Laura y unos meses después salían juntos.
Laura era informática. Estuvo viviendo con sus padres hasta que decidió irse a vivir con Nacho. Les costó bastante el cambio, ya que no andaban sobrados de dinero y contaban con poca ayuda familiar. Por la parte de Nacho, había poca familia, y por la de Laura, no estaban de acuerdo con que se fueran a vivir juntos y no les ayudaron.
Aprendieron a sobrevivir con poco dinero y con problemas para llegar a fin de mes, pero al final, salieron para adelante. Se casaron en la intimidad, rodeados de amigos y parecía que la vida les sonreía hasta que este mismo año, murió el padre de Laura. Estaban esperando un hijo, pero lo perdieron. Tuvo una fuerte pelea con su madre a raíz de la muerte de su padre. Su madre le recriminó que les hubiera abandonado y que se desentendiera de su familia. El disgusto, probablemente, provocó el aborto.
Esto hizo que decidieran evadirse de su mundo unos días y se decidieron por la casa de Luis, que conocían de vacaciones anteriores. Habían llegado a entablar una cierta amistad con él, y les permitía ciertas libertades, como la de pasar la Nochebuena allí, solos.
Cuando llegó el turno de David, éste dudó. Su vida había sido radicalmente distinta en algunos aspectos y muy parecida en otros. Él era un hombre de negocios de éxito. Heredó todos los negocios familiares y su astucia e inteligencia hicieron el resto. No tenía estudios universitarios, pero había vivido el negocio desde joven y sabía lo que tenía que hacer. Sus negocios tuvieron enorme éxito. Lamentablemente, en su vida personal, el fracaso era total. Casado con una mujer, a la que no reconocía tras los primeros años de matrimonio, y con tres hijos que no le tenían ningún afecto. Su madre les había criado impersonales y fríos. Sólo les interesaba el lujo y la buena vida, cosas que habían aprendido de la madre. Llegaron al extremo de tratarse sólamente por medio de abogados. Los desencuentros habían llegado a tal extremo que David decidió dejar los negocios y ceder el control a la propia empresa, manteniendo él el control de las cuentas y dejando a la mujer y los hijos sin poder ni control. Éstos no lo dudaron y habían entablado acciones legales contra él. Ahora mismo estaban inmersos en un juicio sucio y descarnado, que no iba a terminar bien para ninguno. Dada la situación, David decidió irse a un lugar remoto, y le recomendaron la casa de Luis.
- Pero eso no importa ahora -dijo David. Estamos aquí disfrutando de una maravillosa velada. Prefiero estar con vosotros que con otras personas. Hoy os he conocido y vuestra manera de actuar me ha gustado. Hacía mucho tiempo que nadie me trataba de esa manera y me regalaba algo sin pedir nada a cambio.
- No hemos hecho nada. Sólo te hemos ofrecido algo de compañía.
- Pensaba que no quería compañía, pero me había equivocado. Lo que necesitaba era la compañía correcta.
- Bueno -dijo Laura. Vamos a recoger esto un poco.
- Eso, así podemos bailar y tomarnos una copita -comentó Nacho.
- Manos a la obra.
Una vez recogidas las cosas, se pasaron al salón donde avivaron el fuego, pusieron algo de música y Laura fue turnándose para bailar con ambos. Al final, se dejaron caer en el sofá y comentaron la velada un rato. Finalmente, decidieron irse a dormir, ya que había sido un día intenso.
- Ha sido un verdadero placer -dijo David. No esperaba esto. Me lo he pasado realmente bien. Os estoy muy agradecido.
Se despidieron con un beso y cada uno se fue a su cuarto. Cuando Nacho y Laura estaban ya en la cama, compartieron opiniones.
- Una persona curiosa - dijo Nacho.
- Yo diría encantador. No creo haber conocido a nadie así nunca. Ha sido una verdadera suerte. Nosotros nos quejamos de que no tenemos dinero pero, en el fondo, somos felices con lo que tenemos. Hemos comprobado que el dinero no lo es todo, y que no siempre lleva aparejada la felicidad.
- Cierto -afirmó Nacho en tono somnoliento.
- Creo que es hora de dormir. Ha sido un día intenso. - Laura le dio un beso a Nacho y se quedaron dormidos.
Al día siguiente bajaron a desayunar esperando encontrar a David. Pero el que estaba era Luis.
- Buenos días, pareja. No busquéis a David. Se levanto temprano y se marcho. - al ver la cara de decepción de ambos, añadió: Pero ha dejado esto para vosotros.
Les tendió un sobre cerrado, con el nombre de ambos escrito a mano en el frontal.
Queridos amigos:
Permitidme que os llame amigos, a pesar de conoceros sólo de unas horas.
Me hubiera encantado despedirme de vosotros como es debido, pero he pensado que era mejor de esta manera.
Parafraseando a Dickens, soy el fantasma de las Navidades futuras. En el sobre encontraréis dos cosas.
Una es mi tarjeta personal con mi número privado y mi dirección. No dudéis en contactar conmigo y en venir a visitarme cuando nazca vuestro hijo. No os sorprendáis. Estoy seguro de que en algún momento no muy lejano seréis padres. Es necesaria gente como vosotros en esta vida.
La otra es mi regalo de Navidad. Consideradlo una compensación por el dibujo y por la velada de ayer. Es la única manera que sé de hacer las cosas y espero que, esta vez, tenga un final feliz.
FELIZ NAVIDAD.
Laura y Nacho se miraron sorprendidos. Miraron dentro del sobre, y efectivamente había una tarjeta y otro sobre más pequeño. Al abrirlo, encontraron un cheque por dos millones de euros.
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