La luz de los faros rebotaba en la espesa niebla que envolvía todo. El día invitaba a cualquier cosa menos a salir al exterior, pero no quedaba más remedio. Era la mañana de Navidad y un pequeño coche se dirigía a la casa familiar de los abuelos a celebrar la habitual comida navideña.
Miriam conducía muy concentrada en la carretera ya que la visibilidad era bastante escasa. Sus hijos, Ana y Miguel iban en la parte de atrás.
- ¿Cuánto queda, mamá? - pregunto Miguel.
- Un rato. -respondió Miriam. El trayecto no era muy lago, pero con la niebla iba conduciendo muy despacio. Conocía la carretera perfectamente, pero con ese tiempo, cualquier precaución era poca.
- No me aguanto más. Quiero hacer pis.
- No puedo parar, cielo. Mira cómo está la niebla.
- ¡No puedo aguantar más!
Ana miró a su hermano con cara de resignación. Era dos años mayor que él y tenía que aguantarle en todos los viajes. Si no se mareaba, se hacía pis o se ponía nervioso.
- Pues tendrás que aguantarte. - dijo su madre.
- Me da que no se aguanta. - respondió Ana. Si no da la lata en un viaje, no sería Miguel.
- Déjale tranquilo. - replicó su madre. Bastante tenemos con la niebla para que estéis distrayendo.
Siguió conduciendo, mientras miraba por el espejo retrovisor. Miguel se removí inquieto en su asiento. Al final, tendré que parar, pensó Ana. Lo que faltaba. Se puso a recordar dónde podría haber un sitio donde parar con seguridad. Recordaba una zona amplia a lado de la carretera antes de una de las curvas. Creía que no la había pasado todavía. Era un lugar que la gente utilizaba como aparcamiento cuando se hacían las excursiones por el camino que bordeaba el río. Si lograba verlo a tiempo, podría para sin peligro.
- Aguanta un poco. Más adelante hay un sitio donde puedo parar.
- Espero que no quede mucho. - respondió Miguel. Me hago mucho pis. -dijo con voz lastimera.
- Tú concéntrate, que no creo que tardemos mucho.
Siguió conduciendo un poco nerviosa. Además de la niebla, ahora tenía que intentar localizar el sitio para detenerse y, con lo poco que se veía, no era tarea fácil. Notaba los hombros rígidos de la tensión. La niebla era algo más espesa, lo que tenía que indicar que debían estar cerca del río. Y si estaban cerca del río, el aparcamiento estaría por allí.
Cuando pensaba que ya se había pasado el lugar, reconoció la curva y redujo la velocidad. Miró por los espejos, pero no había tráfico en ninguno de los dos sentidos. Estaba circulando a unos 20 kilómetros por hora, lo cual era un tanto peligroso con esas condiciones. Finalmente, localizó el espacio abierto y se desvió. Aparcó el coche, se desabrochó el cinturón y se giró hacia Miguel.
- ¡Vamos! Ponte el abrigo y sal.
- No quiero ponerme el abrigo. - protestó Miguel.
- No empecemos. Mira el tiempo que hace. Ponte el abrigo y vamos. Si no, seguimos y no paramos. - dijo haciendo amago del volver a ponerse el cinturón.
- ¡No! Ya voy. - acto seguido, se puso con dificultad el abrigo y abrió la puerta.
- ¡Espera! Tenemos que buscar un sitio apropiado.
Ambos bajaron del coche. Hacía bastante frío y la humedad era muy alta. La niebla les empapó en un momento. Miriam se puso el gorro del abrigo y se subió la cremallera hasta arriba. Hizo lo mismo con Miguel.
- Vamos a darnos prisa, que vamos a coger una pulmonía. - dijo mientras señalaba unos árboles que había unos metros más allá. Vete hacia esos árboles y no tardes. Estoy detrás de ti.
Miguel salió corriendo mientras Miriam le miraba. Miró de reojo el coche donde esperaba Ana. Se veían las luces con dificultad. Cuando volvió la mirada hacia Miguel, éste ya había terminado y se dirigía hacia ella. De repente, se paró en seco y giró la cabeza hacia los árboles.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué te paras? - preguntó un poco alarmada. Miguel seguía parado a escasos metros de los árboles.
- Hay algo ahí. - dijo con voz trémula.
- ¡Ven para acá!
- No puedo. Tengo miedo.
Miriam se puso a correr hacia Miguel. Cuando casi le había alcanzado, vio unos ojos entre la niebla.
- ¡Ven aquí! - gritó, pero Miguel no se movía.
Alcanzó a Miguel y se puso delante de él, mirando hacia la niebla. Escuchó un gemido leve. Por su cabeza pasaron unas cuantas ideas, ninguna tranquilizadora. Se puso a mirar por el suelo buscando un palo por si tenía que utilizarlo.
- ¡Es un perro! - gritó Miguel. Se dispuso a correr hacia él.
- ¿Qué haces? - Miriam le paró en seco. No sabemos si es peligroso.
No se apreciaba bien al animal. Sólo se veía una forma negra con el pelo empapado y unos ojos húmedos que miraban hacia ellos. Daba más pena que miedo. En cualquier caso, Miriam no se fiaba.
Una vez que lo mirabas con atención, se veía un animal asustado, con el rabo entre las patas, temblando de frío o de miedo. Miriam empezó a relajarse. Estaba claro que era un perro abandonado. Algún desalmado había aprovechado la ubicación del lugar para dejarlo allí tirado y marcharse. A saber cuánto tiempo llevaría abandonado el pobre animal.
Miguel notó el cambio de actitud de su madre y se soltó de ella para acercarse al perro. Éste reculó un poco, pero al ver que el niño se acercaba con suavidad, dio un par de paso hacia él, moviendo tímidamente el rabo. Miguel acercó la mano lentamente hacia el animal, con la palma hacia dentro y el perro le olfateó y, después, le dio un par de lametazos.
- Mira mamá, no hace nada.
- Ya veo. Venga, vámonos que vamos a llegar tarde.
- Pero no podemos dejarlo aquí. - protestó Miguel.
- Eso es cierto. - dijo Ana desde detrás. Al ver lo que pasaba, se había bajado del coche.
- ¿Y qué queréis que hagamos? - preguntó Miriam, arrepintiéndose nada más hacer la pregunta.
- Podemos llevárnoslo. - dijo Miguel entusiasmado.
- Ni hablar. - replicó su madre.
- ¿Por qué no? - preguntó Ana. No podemos dejarle aquí ahora que sabemos que está abandonado y que es inofensivo.
- Estáis locos. No pienso meterlo en el coche así. Nos vamos.
- ¡No! - protestaron ambos niños. Por favor. - pidió lastiméramente Ana.
- No. - respondió su madre, pero con poca convicción.
- ¡Por favor, por favor!
Miriam contempló la estampa. Los dos niños estaban acariciando al perro, que se dejaba hacer. Los tres empapados, aunque el perro mucho más. No pudo evitar sonreír. Ella siempre había tenido perros en casa, pero desde que se independizó no volvió a tener. A su marido no le gustaban y ella cedió. Ahora que él ya no estaba, llevaban separados tres años, no había impedimento. Miró detenidamente al perro, que en realidad era hembra. Se veía un buen animal Parecía hasta noble. Llevaba un collar bastante gastado y medio roto, lo que evidenciaba que, en algún momento, había tenido dueño. Se le veían todos los huesos. Entre el hambre y el agua, no parecía gran cosa, pero ahí estaba, entre los dos niños, moviendo el rabo y dando lametones a los dos.
- Es una señal mamá. - dijo Miguel en tono muy serio. Ana puso los ojos en blanco. Su hermando siempre estaba con eso de las señales, pero en este caso no dijo nada. Parecía que su madre estaba cerca del convencimiento.
- Yo sí que te voy a dar a ti una señal. - respondió Miriam, pero con una media sonrisa. ¿Y cómo nos lo vamos a llevar ?
- Podemos usar la manta que llevamos siempre en el coche. - dijo Ana. Total, la tiramos siempre al suelo y la usamos para no mancharnos. Cuando lleguemos a casa de la abuela podemos bañarla. Ella tiene una pila enorme.
- No sé. - Miriam dudaba todavía. Es cierto que siempre habían usado la pila para lavar a los perros. Claro que era el día de Navidad.
- ¡Vamos mamá! - protestó Ana.
- Vaaaale. Pero el coche me lo vais a limpiar los dos por dentro hasta que no quede un solo pelo y no huela mal.
Los dos niños se pusieron a saltar de alegría, con la perra girando alrededor de ellos. Se fueron corriendo hacia el coche, sacaron la manta y envolvieron al animal en ella. Pusieron un viejo plástico que había también en el maletero y lo pusieron en el asiento de atrás para poner encima a la perra. Cuando entraron todos al coche, se empañaron todos los cristales por el cambio de temperatura y por la humedad que tenían. Colocaron a la perra entre los dos niños y se hizo una rosca, apoyando el hocico en las piernas de Miguel.
- ¿Estamos listos? - preguntó Miriam, mirando hacia atrás e ignorando las gotas que caían al suelo y la mancha que el hocico de la perra estaba dejando en el pantalón de Miguel. Pues andando, que llegamos tarde.
Se pusieron de nuevo en marcha. La niebla era más espesa, ya la carretera discurría paralela al río. A pesar del retraso, Miriam iba despacio y con mucho cuidado, ya que la visibilidad era poca. Miró por el retrovisor y vio que la perra se había quedado dormida y que los niños andaban rascándole las orejas. Sonrió. Mejor no pensar qué vamos a hacer con ella ni lo que dirá mi madre cuando la vea.
Llevaban un rato callados cuando, de repente, la perra abrió los ojos, se incorporó y levantó las orejas. Se puso a gruñir e, inmediatamente a ladrar con fuerza. Los niños intentaron calmarla, pero no había manera. Miriam se preocupó. En el fondo, habían metido un animal al que no conocían en el coche y podía ser peligroso. Lo mejor era parar y sacar a la perra antes de que pasara algo. La perra seguía ladrando insistentemente. Detuvo el coche en el arcén y se disponía a sacar a la perra cuando un cable de electricidad cayó delante del coche entre una lluvia de chispas. La perra dejó de ladrar y se sentó sobre la manta.
Todos en el coche estaban en silencio. Sólo se oía la respiración agitada de la perra.
- ¡Nos ha salvado! - grito Miguel. ¡La perra nos ha avisado y nos ha salvado! ¿Veis como era una señal? Si no se hubiera puesto a ladrar y a gruñir, no habríamos parado y nos habría caído el cable encima.
Se miraron los tres. Miriam sabía que el niño tenía razón. La perra estaba sentada tranquilamente en el centro del asiento respirando y con la lengua colgando en un lado del hocico.
- ¡Muy bien, chica! - dijo, acariciándola enérgicamente en la cabeza. Creo que te has ganado de sobra el hueco en casa.
Nota del Autor:
Un sencillo cuento de Navidad, dedicado a esos seres de cuatro patas que conviven con nosotros y nos alegran (y a veces entristecen) nuestras vidas. Siempre están ahí desinteresadamente, cosa que no puede decirse de muchos de los seres de dos piernas que nos rodean.
Recordad que no hay perros malos, sino malos dueños.
martes, 24 de diciembre de 2013
lunes, 31 de diciembre de 2012
Un brindis para dos
Estaba esta tarde leyendo el twitter de Pérez-Reverte y había una entrada con este título. No iba de lo que yo pensaba, pero me ha inspirado el título de esta entrada.
A lo que iba, un brindis por el año que se va y otro por el que viene. El 2012 se me ha hecho largo y denso, como ya os conté en la última entrada de este blog. Llega el 2013, esperemos que sea bueno. Es un bonito número, el trece siempre me ha gustado.
En estas últimas horas del año la gente se manda mensajitos con buenos deseos, chistes y recordatorios. Yo os dejo este pequeño texto.
Gracias a todos los que habéis estado conmigo en los buenos momentos, porque eso es que me lo habéis hecho pasar bien. También a los que estabais ahí en los malos momentos, porque me habéis apoyado.
Hoy me han mandado uno de esos mensajes de fin de año y es muy bueno:
"Nos pasamos la vida esperando que pase algo y, al final, lo único que pasa es la Vida"
Vivid la vida que es breve e ingrata. Que la vida os trate como vosotros la tratéis a ella. Que los demás se porten contigo como tú te portes con ellos. E intentad ser felices.
Y volviendo al título, otro brindis para dos. Por ti y por mí.
FELIZ AÑO
A lo que iba, un brindis por el año que se va y otro por el que viene. El 2012 se me ha hecho largo y denso, como ya os conté en la última entrada de este blog. Llega el 2013, esperemos que sea bueno. Es un bonito número, el trece siempre me ha gustado.
En estas últimas horas del año la gente se manda mensajitos con buenos deseos, chistes y recordatorios. Yo os dejo este pequeño texto.
Gracias a todos los que habéis estado conmigo en los buenos momentos, porque eso es que me lo habéis hecho pasar bien. También a los que estabais ahí en los malos momentos, porque me habéis apoyado.
Hoy me han mandado uno de esos mensajes de fin de año y es muy bueno:
"Nos pasamos la vida esperando que pase algo y, al final, lo único que pasa es la Vida"
Vivid la vida que es breve e ingrata. Que la vida os trate como vosotros la tratéis a ella. Que los demás se porten contigo como tú te portes con ellos. E intentad ser felices.
Y volviendo al título, otro brindis para dos. Por ti y por mí.
FELIZ AÑO
sábado, 24 de noviembre de 2012
Cuesta arriba
Día gris, con niebla. A lo lejos se intuyen las figuras y los objetos, aunque no se pueden ver con nitidez.
Un día como el año, gris. Como en este día de niebla, el futuro se intuye a lo lejos, pero no puedo distinguirlo con claridad. Mi espíritu positivo me dice que serán cosas buenas.
El resumen del año, y eso que queda más de un mes por delante para acabarlo, es que ha sido (es) como una cuesta arriba. Para los que os guste el ciclismo, es como el Tourmalet o la subida a los Lagos de Covadonga, que es más español. Desde abajo la ves e impone, pero es un reto y sabes (crees) que vas a alcanzar el final. Comienzas a subir la cuesta y cuesta (je), pero estás al principio y piensas que ya e acostumbrarás. Poco a poco te das cuenta que la pendiente es constante y dura. Comienzas a luchas con tu mente, tu peor enemigo, a la vez que aliado, de toda tu vida. La llevas contigo y, dependiendo de la época, te ayuda o te hunde. Te hablas a ti mismo (ya estamos con las locuras) y te dices "¡vamos! ya llegaremos a un repecho y verás como luego todo es llano o cuesta abajo". Pues nada o "po ala!!!" como dicen por aquí. Sigo para arriba. Las vistas son bonitas, preciosas en algunos momentos, pero no te da tiempo a disfrutarlas. Tú lo sabes y eso te gasta. Empieza a faltarte el resuello. Encuentras una zona de descanso. Sonríes. Te giras y tu mente te está esperando con sonrisa de sabelotodo. "¿Ves como no era tan duro?". Paras un poco, tomas un poco de aire, miras a tu alrededor. Es bonito esto, te dices. Arriba debe ser más bonito. ¡Jodido positivismo! Sigo el camino. El descanso te ha sentado bien y, al principio, el camino no es tan pesado. Pero al rato, comienzas a darte cuenta de que la cuesta sigue ahí y que sigue siendo dura, igual que antes e incluso más. Para colmo, llevas cansancio acumulado. Empieza a costarte. Las piernas duelen. Te falta el aliento. Tu mente calla. O no tiene nada que decir, o es que le falta el aire.Intuyes e final, pero a lo lejos. Pasas un falso llano, de esos que te dan un poco de respiro, pero te siguen restando fuerzas, aunque no lo notes. Para compensar (!!!) un cambio de pendiente, de los duros. Bajas la cabeza y caminas con los hombros caídos y sin levantar la mirada. Sabes que queda poco. ¡A la mierda el paisaje! Sólo quieres llegar al final y parar.
Y en eso estamos. Este año es de desgaste. Se ve el final. Por supuesto, la cuesta no se sube sola. Hay muchos subiéndola. Tenemos de todo. Los que van en bici, en moto, en coche, en deportivo, los cojos, los que se arrastran y lo que se quedan a mitad. Hay una gran variedad de "caminantes". Hay algunos que suben siempre contigo, otros que vienen a verte de vez en cuando, algunos que conoces a mitad de cuesta y se quedan, otros que subían contigo y se despegan. Pasan para darte la mano, un ligero achuchón para que tomes fuerza, o un empujón para echarte del camino; los que te dan un poco de agua o cerveza, que sabéis que es lo que gusta de verdad, o un poco de comida; los que te desequilibran al pasar sin cuidado, los que te salpican con el charco, los que se arriman y te abrazan o los que se arriman e intentan sisarte.
La vida es así y hay que ir por el camino que tenemos delante. Unas veces el camino viene marcado, y otras lo marcas tú. Las elecciones hechas están y lo que a veces lo que nos parece un camino sencillo se convierte en una subida dura. Lo bueno es que, normalmente, se llega al final y suele merecer la pena.
Volviendo al símil de la subida a los Lagos, ya estoy viendo el Enol. Sólo espero que no me hagan subir al Ercina y que, si lo hacen, me den el coche o el deportivo.
También espero que los Mayas no tengan razón. Me gustaría llegar a mi 40 cumpleaños.
Para terminar, agradecer a los que siempre recorren conmigo el camino, ya sea para cuesta arriba o cuesta abajo, vayan delante o detrás. Y, por supuesto, a los que me traen la cerveza... :)
Un día como el año, gris. Como en este día de niebla, el futuro se intuye a lo lejos, pero no puedo distinguirlo con claridad. Mi espíritu positivo me dice que serán cosas buenas.
El resumen del año, y eso que queda más de un mes por delante para acabarlo, es que ha sido (es) como una cuesta arriba. Para los que os guste el ciclismo, es como el Tourmalet o la subida a los Lagos de Covadonga, que es más español. Desde abajo la ves e impone, pero es un reto y sabes (crees) que vas a alcanzar el final. Comienzas a subir la cuesta y cuesta (je), pero estás al principio y piensas que ya e acostumbrarás. Poco a poco te das cuenta que la pendiente es constante y dura. Comienzas a luchas con tu mente, tu peor enemigo, a la vez que aliado, de toda tu vida. La llevas contigo y, dependiendo de la época, te ayuda o te hunde. Te hablas a ti mismo (ya estamos con las locuras) y te dices "¡vamos! ya llegaremos a un repecho y verás como luego todo es llano o cuesta abajo". Pues nada o "po ala!!!" como dicen por aquí. Sigo para arriba. Las vistas son bonitas, preciosas en algunos momentos, pero no te da tiempo a disfrutarlas. Tú lo sabes y eso te gasta. Empieza a faltarte el resuello. Encuentras una zona de descanso. Sonríes. Te giras y tu mente te está esperando con sonrisa de sabelotodo. "¿Ves como no era tan duro?". Paras un poco, tomas un poco de aire, miras a tu alrededor. Es bonito esto, te dices. Arriba debe ser más bonito. ¡Jodido positivismo! Sigo el camino. El descanso te ha sentado bien y, al principio, el camino no es tan pesado. Pero al rato, comienzas a darte cuenta de que la cuesta sigue ahí y que sigue siendo dura, igual que antes e incluso más. Para colmo, llevas cansancio acumulado. Empieza a costarte. Las piernas duelen. Te falta el aliento. Tu mente calla. O no tiene nada que decir, o es que le falta el aire.Intuyes e final, pero a lo lejos. Pasas un falso llano, de esos que te dan un poco de respiro, pero te siguen restando fuerzas, aunque no lo notes. Para compensar (!!!) un cambio de pendiente, de los duros. Bajas la cabeza y caminas con los hombros caídos y sin levantar la mirada. Sabes que queda poco. ¡A la mierda el paisaje! Sólo quieres llegar al final y parar.
Y en eso estamos. Este año es de desgaste. Se ve el final. Por supuesto, la cuesta no se sube sola. Hay muchos subiéndola. Tenemos de todo. Los que van en bici, en moto, en coche, en deportivo, los cojos, los que se arrastran y lo que se quedan a mitad. Hay una gran variedad de "caminantes". Hay algunos que suben siempre contigo, otros que vienen a verte de vez en cuando, algunos que conoces a mitad de cuesta y se quedan, otros que subían contigo y se despegan. Pasan para darte la mano, un ligero achuchón para que tomes fuerza, o un empujón para echarte del camino; los que te dan un poco de agua o cerveza, que sabéis que es lo que gusta de verdad, o un poco de comida; los que te desequilibran al pasar sin cuidado, los que te salpican con el charco, los que se arriman y te abrazan o los que se arriman e intentan sisarte.
La vida es así y hay que ir por el camino que tenemos delante. Unas veces el camino viene marcado, y otras lo marcas tú. Las elecciones hechas están y lo que a veces lo que nos parece un camino sencillo se convierte en una subida dura. Lo bueno es que, normalmente, se llega al final y suele merecer la pena.
Volviendo al símil de la subida a los Lagos, ya estoy viendo el Enol. Sólo espero que no me hagan subir al Ercina y que, si lo hacen, me den el coche o el deportivo.
También espero que los Mayas no tengan razón. Me gustaría llegar a mi 40 cumpleaños.
Para terminar, agradecer a los que siempre recorren conmigo el camino, ya sea para cuesta arriba o cuesta abajo, vayan delante o detrás. Y, por supuesto, a los que me traen la cerveza... :)
jueves, 15 de noviembre de 2012
Un paseo por los orígenes
Andalucía,
Jaén (provincia); nuestro mar son los campos de olivos que nos rodean
por todas partes. Se podría pensar que es una tierra seca, pero no; esa
tierra roja que nos ha visto nacer, produce ese oro líquido sin el que
el mundo mediterráneo no tendría sentido. Su color verde, su olor intenso y su exquisito sabor nos enamora.
Volver a nuestra tierra, a nuestros orígenes, es una obligación. Un placer. Una necesidad. Sentirse rodeado de olivos recarga nuestra energía. Un par de veces al año hay que volver a los orígenes y sentirse en casa. Me llamaréis loco, pero a mí me pasa. Paso unos días por esta maravillosa tierra y recargo las pilas por una temporada.
Yo soy andaluz y lo digo con orgullo. Habré perdido mi acento, pero no mis raíces. Nací andaluz, andaluz soy, y andaluz moriré.
Estos viajes a la tierra, con visitas guiadas y una parte de Historia son todo un lujo. Éste en especial, ha sido estupendo.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.4775457501182.190040.1137924035&type=1&l=7c8602b6ef
Volver a nuestra tierra, a nuestros orígenes, es una obligación. Un placer. Una necesidad. Sentirse rodeado de olivos recarga nuestra energía. Un par de veces al año hay que volver a los orígenes y sentirse en casa. Me llamaréis loco, pero a mí me pasa. Paso unos días por esta maravillosa tierra y recargo las pilas por una temporada.
Yo soy andaluz y lo digo con orgullo. Habré perdido mi acento, pero no mis raíces. Nací andaluz, andaluz soy, y andaluz moriré.
Estos viajes a la tierra, con visitas guiadas y una parte de Historia son todo un lujo. Éste en especial, ha sido estupendo.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.4775457501182.190040.1137924035&type=1&l=7c8602b6ef
jueves, 5 de enero de 2012
2012
Año nuevo... vida de siempre.
Como parece que este año se acaba el mundo y, útimamente, ha habido nuevas incorporaciones a este blog (hablo de lectores, porque el individuo que escribe está más vago que nunca) he decidido desempolvar pequeños relatos cortos que mis más antiguos lectores habéis leído en otros sitios, pero no están en este blog.
Los voy a poner como nuevas entradas, para que todo esté ordenadito.
Empezaré por uno de mis favoritos, un cuento infantil. Es el de la Lagartija triste.
(Por motivos de diseño del blog se me ha quedado el último de las entradas de hoy, asi que no es el primero sino el último)
Hay un poco de todo, hasta uno cortito cortito de miedo.
Feliz año a todos y que os gusten.
Como parece que este año se acaba el mundo y, útimamente, ha habido nuevas incorporaciones a este blog (hablo de lectores, porque el individuo que escribe está más vago que nunca) he decidido desempolvar pequeños relatos cortos que mis más antiguos lectores habéis leído en otros sitios, pero no están en este blog.
Los voy a poner como nuevas entradas, para que todo esté ordenadito.
Empezaré por uno de mis favoritos, un cuento infantil. Es el de la Lagartija triste.
(Por motivos de diseño del blog se me ha quedado el último de las entradas de hoy, asi que no es el primero sino el último)
Hay un poco de todo, hasta uno cortito cortito de miedo.
Feliz año a todos y que os gusten.
La luna
Dos niños se encontraban sentado en el parque. Erauna templada noche de verano, en la que los niños tenían permiso para quedarse hasta tarde para ver las estrellas. Compartían su pasión por las estrellas y sobre todo por la luna. Eran Andrea y Miguel, y aquella noche estaban contemplando la luna llena en todo su esplendor. Para ellos la luna era lo más bello que podían ver en el cielo.
Andrea y Miguel se conocieron cuando éste se fue a vivir con sus padres al lado de Andrea. El padre de Miguel era militar y viajaban constinuamente, lo que no le gustaba demasiado a Miguel, que cada cierto tiempo perdía a sus amigos. Su padre le había prometido que este sería el último traslado, y cinco años después seguían en el mismo sitio. Miguel estaba encoantado, tenía muy buenos amigos, y estaba Andrea, con la que compartía muchas aficiones y parecía su alma gemela.
Se encontraban en la edad en la que la amistad entre un chico y una chica ya era algo tan simple.
- Podría tirarme horas viendo la luna - comentó Andrea.
- Es maravillosa - respondió Miguel. Lo mejor es cuando comienza a salir por el horizonte con esos tonos rojizos.
- Me encantaría ir a la luna.
- Yo te la traería para tí - dijo Miguel sonriendo. Es que he visto una peli que a mi padre le encanta. Es en blanco y negro y me parece que se llama "¡Qué bello es vivir!"
Andrea también sonrió, pero en ella la sonrisa era más enigmática. Tenían la misma edad, pero ella era más madura. Iba por delante de él.
De repente, Miguel despertó.
¡Qué curioso! - pensó. La mente funciona de una manera un tanto curiosa. Le había llevado a unos recuerdos de veinte años atrás, precisamente hoy.
era un día muy especial, pero este sueño le había dejado un gusto amargo. Recuerdos olvidados, o mejor dicho, enterrados en la memoria, surgían ahora sin control.
Se vió más joven, en la universidad, acompañado por una joven de aspecto encantador, y mirada perdida en el cielo. Iban cogidos de la mano, y no podían ser más felices. Vivían juntos, estudiaban juntos. En definitiva eran inseparables.
Se dirigió a la ducha, para prepararse para ese día tan especial.
Horas más tarde, la tensión era elevada. Mucha expectación, para el acontecimiento tan importante. Su mente seguía recordando momentos del pasado.
...
Por fin, lo había logrado. Muchos años después, sus sueños se habían cumplido. Era tan real, tan tangible, que asi no podía creerlo. Su mente se liberó completamente. Podía ver a Andrea con su sonrisa radiante. Las lágrimas empañaron su visión.
Se había convertido en el primer español, no, el primer europeo, se corrigió, es pisar la Luna. Su primer recuerdo fue para Andrea. La imagen que veía era la de ocho años atrás. La última sonrisa de Andrea. No pudieron llegar a casarse, el Cáncer se la llevó antes. Desde ese día, todos sus esfuerzos se centraron en su trabajo y en los únicos sueños que le quedaban. Ir al espacio y pisar la Luna. Todos los recuerdos de Andrea los envió a un remoto lugar de su mente.
Hasta hoy.
Su subconsciente reveló los verdaderos deseos de Miguel. El sueño de la noche anterior había roto las barreras que bloqueaban los recuerdos de Andrea.
Cogió el instrumento facilitado por la Agencia Espacial y procedió a extraer un trozo de la superficie lunar.
- Te llevaré un trozo de Luna, como te prometí - musitó con lágrimas en los ojos. Luego desengachó el cable que le unía a la nave.
Andrea y Miguel se conocieron cuando éste se fue a vivir con sus padres al lado de Andrea. El padre de Miguel era militar y viajaban constinuamente, lo que no le gustaba demasiado a Miguel, que cada cierto tiempo perdía a sus amigos. Su padre le había prometido que este sería el último traslado, y cinco años después seguían en el mismo sitio. Miguel estaba encoantado, tenía muy buenos amigos, y estaba Andrea, con la que compartía muchas aficiones y parecía su alma gemela.
Se encontraban en la edad en la que la amistad entre un chico y una chica ya era algo tan simple.
- Podría tirarme horas viendo la luna - comentó Andrea.
- Es maravillosa - respondió Miguel. Lo mejor es cuando comienza a salir por el horizonte con esos tonos rojizos.
- Me encantaría ir a la luna.
- Yo te la traería para tí - dijo Miguel sonriendo. Es que he visto una peli que a mi padre le encanta. Es en blanco y negro y me parece que se llama "¡Qué bello es vivir!"
Andrea también sonrió, pero en ella la sonrisa era más enigmática. Tenían la misma edad, pero ella era más madura. Iba por delante de él.
De repente, Miguel despertó.
¡Qué curioso! - pensó. La mente funciona de una manera un tanto curiosa. Le había llevado a unos recuerdos de veinte años atrás, precisamente hoy.
era un día muy especial, pero este sueño le había dejado un gusto amargo. Recuerdos olvidados, o mejor dicho, enterrados en la memoria, surgían ahora sin control.
Se vió más joven, en la universidad, acompañado por una joven de aspecto encantador, y mirada perdida en el cielo. Iban cogidos de la mano, y no podían ser más felices. Vivían juntos, estudiaban juntos. En definitiva eran inseparables.
Se dirigió a la ducha, para prepararse para ese día tan especial.
Horas más tarde, la tensión era elevada. Mucha expectación, para el acontecimiento tan importante. Su mente seguía recordando momentos del pasado.
...
Por fin, lo había logrado. Muchos años después, sus sueños se habían cumplido. Era tan real, tan tangible, que asi no podía creerlo. Su mente se liberó completamente. Podía ver a Andrea con su sonrisa radiante. Las lágrimas empañaron su visión.
Se había convertido en el primer español, no, el primer europeo, se corrigió, es pisar la Luna. Su primer recuerdo fue para Andrea. La imagen que veía era la de ocho años atrás. La última sonrisa de Andrea. No pudieron llegar a casarse, el Cáncer se la llevó antes. Desde ese día, todos sus esfuerzos se centraron en su trabajo y en los únicos sueños que le quedaban. Ir al espacio y pisar la Luna. Todos los recuerdos de Andrea los envió a un remoto lugar de su mente.
Hasta hoy.
Su subconsciente reveló los verdaderos deseos de Miguel. El sueño de la noche anterior había roto las barreras que bloqueaban los recuerdos de Andrea.
Cogió el instrumento facilitado por la Agencia Espacial y procedió a extraer un trozo de la superficie lunar.
- Te llevaré un trozo de Luna, como te prometí - musitó con lágrimas en los ojos. Luego desengachó el cable que le unía a la nave.
El perro
Ramón volvía a casa, después de una noche movida. Habían estado de botellón en el parque del pueblo, incordiando a todos los que pasaban por allí, tirándoles cosas y persiguiendo a las chicas. Después habían ido a casa de Mario, y habían estado en el garaje dándole a los canutos y persiguiendo a los ratones.
Ahora caminaba por el sendero, despreocupado. Sus amigos le habían dicho que les esperara para que no se fuera solo, pero les respondió que no tenía miedo. ¿Cómo va a tener miedo un chaval de 18 años?
La verdad es que estaba oscuro. La casa de Mario estaba en las afueras, y hasta llegar al pueblo había un trecho. Por lo menos cuando llegara al parque habría luz y caminaría más cómodo.
Al rato vio las sombras familiares del pueblo, pero el parque no estaba iluninado. ¡Qué raro! Había dejado el parque hacía un par de horas y había luz. A lo mejor les habían tirado piedras a las farolas. ¡Que se joda el alcalde y que se gaste la pasta!
No pienso rodear el parque que hace un frío de pelotas. Subió los escalones de entrada y se fue por el camino de arena. Se conocía el parque como la palma de su mano. No en vano pasaba más tiempo allí que en casa.
Al pasar por el seto, oyó un ruido. Se paró mosqueado.
- ¿Hola?
Silencio.
Será una rata, pesó. Siguió caminando, algo más rápido. Otra vez el ruido y ahora se le puso la piel de gallina. No era nada gracioso lo de la luz, sobre todo si había ruidos raros.
-¡No me hace gracia!¡No sabes con quien te estás metiendo! - gritó.
Silencio.
Esperó, intentando escudriñar en la oscuridad, pero sólo se veían las sobras de los setos y arbustos. Al par de minutos, se puso a andar de nuevo, esta vez mirando nerviosamente a los lados. En el fondo estaba asustado. Con sus amigos era muy valiente, pero solo no tanto.
Otra vez el ruido. Parecía como si algo le siguiera.
- ¡Me cago en la puta! ¡Sal si tienes huevos! - grito histéricamente. Ahora estaba aterrorizado, El ruido no podía ser casual.
De repente, algo saltó del seto y se colocó delante suya. el corazón se le iba a salir por la boca. Sólo vio dos lucecitas rojas. Era un perro, un perro grande y negro.
- ¡Puto perro! Vaya susto que me h....
No pudo seguir hablando. Una manaza áspera y callosa le tapó la boca, tiró de su cabeza hacia atrás, y notó algo frío y cortante en la garganta. Se oyó un gorgoteo y Ramón cayó a suelo degollado.....
Ahora caminaba por el sendero, despreocupado. Sus amigos le habían dicho que les esperara para que no se fuera solo, pero les respondió que no tenía miedo. ¿Cómo va a tener miedo un chaval de 18 años?
La verdad es que estaba oscuro. La casa de Mario estaba en las afueras, y hasta llegar al pueblo había un trecho. Por lo menos cuando llegara al parque habría luz y caminaría más cómodo.
Al rato vio las sombras familiares del pueblo, pero el parque no estaba iluninado. ¡Qué raro! Había dejado el parque hacía un par de horas y había luz. A lo mejor les habían tirado piedras a las farolas. ¡Que se joda el alcalde y que se gaste la pasta!
No pienso rodear el parque que hace un frío de pelotas. Subió los escalones de entrada y se fue por el camino de arena. Se conocía el parque como la palma de su mano. No en vano pasaba más tiempo allí que en casa.
Al pasar por el seto, oyó un ruido. Se paró mosqueado.
- ¿Hola?
Silencio.
Será una rata, pesó. Siguió caminando, algo más rápido. Otra vez el ruido y ahora se le puso la piel de gallina. No era nada gracioso lo de la luz, sobre todo si había ruidos raros.
-¡No me hace gracia!¡No sabes con quien te estás metiendo! - gritó.
Silencio.
Esperó, intentando escudriñar en la oscuridad, pero sólo se veían las sobras de los setos y arbustos. Al par de minutos, se puso a andar de nuevo, esta vez mirando nerviosamente a los lados. En el fondo estaba asustado. Con sus amigos era muy valiente, pero solo no tanto.
Otra vez el ruido. Parecía como si algo le siguiera.
- ¡Me cago en la puta! ¡Sal si tienes huevos! - grito histéricamente. Ahora estaba aterrorizado, El ruido no podía ser casual.
De repente, algo saltó del seto y se colocó delante suya. el corazón se le iba a salir por la boca. Sólo vio dos lucecitas rojas. Era un perro, un perro grande y negro.
- ¡Puto perro! Vaya susto que me h....
No pudo seguir hablando. Una manaza áspera y callosa le tapó la boca, tiró de su cabeza hacia atrás, y notó algo frío y cortante en la garganta. Se oyó un gorgoteo y Ramón cayó a suelo degollado.....
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